domingo, 27 de septiembre de 2009

MARIANO MORENO X APO




Como uno más de los catorce hijos de Manuel Moreno y Argumosa, funcionario de las por entonces cajas rurales, y de Ana María Valle, una de las pocas mujeres en Buenos Aires que sabía leer y escribir, Mariano nació el 23 de septiembre de 1778, en lo que se conocía como los Altos de San Telmo. Allí, en su vivienda de familia de jerarquía media, comenzó a amigarse con las letras, incluso antes de que su educación formal se lo impusiera. Educación, en un principio acotada a lo que la economía familiar podía acceder.

Su paso por el secundario del Colegio San Carlos, le dejó algo más que un título de honor. Sus virtudes y su capacidad literaria a temprana edad lo depositaron antes de sus veintiún años en la Universidad Mayor de Chuquisaca, aún hoy reconocida en la ciudad de Sucre, Bolivia, como la segunda universidad más antigua de América.

Sus estudios lo acercaron a autores como Montesquieu, Voltaire, Denis Diderot, Jean-Jacques Rousseau y otros pensadores europeos.

"El hombre es libre, pero en todas partes se halla encadenado", fue una de las frases que el propio Rousseau usó en su libro “El contrato social” y que pasaron a ocupar un rincón del ideario de Moreno.

Su continua formación literaria y su título de abogado, refundaron su vida. Con valentía, asumió la defensa de varios indios de Bolivia contra los abusos de sus patrones. Como muestras de su decisión, sus alegatos inculparon a grandes mandos políticos como intendentes y alcaldes. Sin embargo, esta situación lo obligó a regresar a Buenos Aires junto a su mujer, María Guadalupe Cuenca y su primer hijo, también llamado Mariano.

En su llegada a Buenos Aires, el oficio de abogado lo llevó a ser nombrado como asesor del Cabildo de Buenos Aires y ya instalado en su lugar natal, fue testigo de las Invasiones Inglesas, suceso que dio origen a una memoria casi tan profunda como vigente.

Aquella, entre otras cosas, decia:“Yo he visto llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba; y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de 1806, vi entrar a 1.560 hombres ingleses, que apoderados de mi Patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de la ciudad”.

Nunca portador de armas, ni participante en contraofensivas militares contra la invasión, fue 1810 el año en que Moreno fue partícipe de la independencia que tanto anhelaba desde el regreso a su tierra.

Fue el ya conocido 25 de mayo cuando se propuso una lista de candidatos a la Primera Junta de gobierno, formada por Domingo Matheu, Juan Larrea y él, además de tres miembros del grupo de Manuel Belgrano (éste mismo, Juan José Castelli y el secretario Juan José Paso), y tres moderados: el presidente Saavedra, Miguel de Azcuénaga y Manuel Alberti.

En sólo 7 meses, Moreno estableció una oficina de censos y planificó la formación de una Biblioteca Pública Nacional, liberó de las antiguas restricciones el comercio y las explotaciones mineras, creó nuevas compañías de voluntarios y organizó la policía municipal.

Pero fue el 7 de junio de 1810 cuando su nombre dejó a un lado el titulo de abogado para inagurar su decisiva vocación periodistica. Fundó y dirigió la Gazeta de Buenos Ayres, el periódico oficial, desde el cual publicó sus ideas y los de la revolución. Casi todas las semanas publicaba largas y detalladas notas de gobierno, que reunidas llenan cientos de páginas. Publicó un decreto de libertad de prensa según el cual se podía publicar por la prensa cualquier cosa que no ofendiera la moral pública, ni atacara a la Revolución ni al gobierno.

“El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Para logro de tan justos deseos ha resulto la Junta que salga a la luz un nuevo periódico semanal con el título de Gazeta de Buenos Aires”, escribió Moreno en su primer edición.

La vida de Moreno, luego de la Revolución, estuvo marcada sus enfrentamientos con el propio Cornelio Saavedra, que incluyen desde cuestiones personales hasta conflictos de poder que ubicaban a Saavedra y Moreno en dos polos tan opuestos como irreconciliables con respecto a los colonos.

Justamente este conflicto, para muchos historiadores, fue el principio del fin de la vida de Mariano Moreno.

Ese mismo final que lo encontró en la madrugada del 4 de marzo de 1811 a bordo de una embarcación que lo conduciría a una misión que no pudo culminar ya que fue victima de un envenenamiento, para muchos consensuado y planeado por el propio presidente de la llamada Primera Junta, hecho nunca confirmado, pero pendiente de esclarecimiento.

Mariano Moreno, fiel admirador de Jean-Jacques Rousseau, definio una vez al escritor y filósofo de Suizo como un “hombre inmortal que formó la admiración de su siglo y que será el asombro de muchas edades”.

Quizás, sin saberlo, el propio Moreno ha sido merecedor de esos mismos términos que en su juventud le dedicó a uno de sus máximos referentes, ya que Mariano Moreno es y será un ineludible punto de partida a la hora de recorrer a aquellos protagonistas y, por sobre todo, patriotas que lucharon por la libertad de nuestra tierra.

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