viernes, 27 de noviembre de 2009

ARTE Y COMPROMISO



 Por Juan Ignacio Apogliessi

 Para muchos considerado como el máximo representante del arte mexicano, Diego Rivera realizó una obra inmensa, tanto en cantidad como en calidad. Su brillante personalidad, su gusto por la polémica, además de su talento como pintor, lo volvieron un personaje reconocido en el panorama cultural y político de México, y del mundo, desde los años veinte hasta hoy.

Diego Rivera nació en Guanajuato, en 1886 y a los pocos años, ya se había instalado en la ciudad de México. Ingresó de muy jóven en la Escuela Nacional de Bellas Artes donde obtuvo una sólida formación como dibujante y pintor.

Sin embargo, en su juventud había un talento innato, no solo artístico sino reflexivo que lo llevó a conductas, por demás pintorescas.

Solo tenía seis años cuando, por simple diferencias ideológicas con la iglesia, causó el espanto de todos los presentes en una iglesia al recomendarle a una señora que no gaste sus súplicas en las imágenes que habían contribuido a la subordinación de indígenas y obreros.



El innegable talento artístico de Diego junto a la conciencia política heredada de su padre, contribuyeron a la formación de un artista comprometido, un artista dedicado a su dar a conocer las dificultades de su pueblo a través de su virtud artística.

Tal era la particularidad de su niñez que dedicaba sus pasatiempos a pescar y mirar a los indios que acarreaban sus vegetales por el río. Nada sorprendente si uno conoce la crianza que Diego recibió de sus padres al verlos, durante toda su niñez, tan comprometidos con las situaciones que el mejicano común soportaba.

Las primeras obras expuestas por Rivera están profundamente marcadas por las enseñanzas del paisajista José María Velasco, uno de su maestro tanto ideológico como artístico.

Rivera viajó por todo Europa, pasando por París, Brujas y Londres y es justamente en Brujas donde conoció a la pintora rusa Angelina Beloff, su primera esposa.



Después de un breve viaje a México, en 1910, Rivera se instaló en París con Angelina. A partir de ese momento, Rivera se dejó influir libremente por las corrientes de vanguardia que descubrió en el viejo continente.

Se acerca a grandes personalidades, como por ejemplo Pablo Picasso, poniendo su arte en alto, a tal punto que, refugiado en España durante la Primera Guerra Mundial, presentó lo que hoy se conoce como el cubismo al público español.

En esta época, Rivera ya creía que el arte debía contribuir al proceso de habilitar a las clases mas desprotegidas para entender sus propias historias, refundando el papel de lo que el consideraba un artista en una sociedad. El artista era un nutridor social.

En 1915, vuelve a Paris y, después de una polémica ideológica con algunos artistas franceses que no estaban de acuerdo con la ideologización del arte, abandona su labor allí. La revolución bolchevique ya había sido fundamental en la formación ideológica de Rivera.

Italia, en 1920, le da un giro a su vida artística al acercarlo al muralismo, un estilo que lo adoptará como uno de sus grandes exponentes. Al descubrir los frescos italianos del quatrocento, Rivera concibe la posibilidad de pintar obras monumentales.



En 1922, vuelve a Mejico y Rivera inicia su primer mural en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, en la ciudad de México. Esta obra revela la gran influencia de la pintura italiana. Sin embargo, Rivera no tarda en refundar el estilo y logra conformar un tipo de pintura mural que lo diferenciaría del resto de los exponentes.

Miembro del Sindicato de Pintores y fundador del Partido Comunista Mexicano, Rivera se entrega casi de lleno a las actividades políticas, llevando adelante procesos de acercamiento más igualitario del arte a las clases que, por cuestiones de nivel económico, no disfrutaban de el.

En 1929, comienza una época de represión política intensa en México a finales de la década de 1920, que obliga a que Rivera se deba ir a pintar en los Estados Unidos. Viaja entonces con su tercera esposa, Frida Kahlo, toda una historia en si.

En Norteamérica Diego Rivera dicta conferencias en Los Ángeles y realiza allí un mural en la Escuela de Bellas Artes. Poco después, contratado por Henry Ford, prepara los murales del Detroit Institute of Art, quizás su obra mural de mayor envergadura, en la que exalta los valores de la civilización técnica del siglo XX.



Al finalizar esa obra, Rivera se encuentra en Nueva York para pintar un gran mural en el hoy conocido Rockefeller Center, entonces en construcción. La inclusión en el mural de un retrato de Lenin frena la obra y ante la constancia ideológica del artista el mural fue destruido (aunque Rivera lo volvió a pintar en México, en el tercer piso del Palacio de Bellas Artes) en 1935.

Sus murales ya eran, sin dudas, fuente de inconfundible compromiso político que no cedía en ningún momento.

Antes de abandonar Nueva York, Rivera pinta todavía una serie de paneles en una escuela para obreros de filiación trostkista.

Su participación política no se limita a declaraciones en la prensa: militante de la IV Internacional (trotskista), invita a León Trotsky a su propia casa. Muchos describen una conversación entre estos dos personajes donde Trotsky le pregunta si le molestaría que tome un vaso de agua, a lo que Diego Rivera le contesta: “Si tomaras toda el agua de Méjico, aún así no sería una molestia”.

Enfermo y depresivo, un ataque cardíaco lo despide del mundo en 1957.

Genio, para quien disfruta su arte. Y genio para quien disfruta de su necesidad de no darle la espalda al ciudadano común. Eso fue Diego Rivera.


No hay comentarios:

Publicar un comentario