martes, 3 de noviembre de 2009

CON DINERO O SIN DINERO

El miércoles recibimos, también, la visita de una amiga de la casa, una marinera más de este barco que recorre los mares esquivando el éxito.


Etienne Baigorri, camino a ser Licenciada en Ciencias Políticas, nos trae mensualmente columnas de diversos temas, que pese a sus diferencias, mantienen un patrón: te dejan pensando.

Esta vez, una particular mirada sobre la pobreza. Más precisamente, sobre como ven las sociedades a la pobreza. 

Con dinero o sin dinero
Hay tantas formas de ver el mundo como personas vivimos en él, pero ¿cuál es la más justa cuando nos referimos a la pobreza?

Seguramente el actual argumento que comprende a la pobreza como una de las tantas consecuencias de un sistema económico que la cosifica y la mide en esos términos lejos está de convenirnos a todos. Pensar que se puede determinar el nivel socioeconómico de un ciudadano apuntando únicamente a sus ingresos no es más que quedarnos con una sola pieza del rompecabezas.

Todo lo que abarca el concepto “pobreza” debe ser replanteado y visto como un recorte a la libertad, como la imposibilidad del desarrollo pleno de las capacidades humanas. Y siempre que se nombre a la libertad surgen dificultades para definirla, en este caso vamos a entenderla como aquella que se llena de contenido a partir de los mismos valores que movilizan a una sociedad.

Gran parte de las respuestas a la pregunta inicial se desprenden directamente al desconfiar de la línea de pobreza tal como la conocemos hoy. Es el Banco Mundial el que considera pobre a todo aquel que gana menos de dos dólares por día e indigente al que obtiene menos de uno; y sin necesidad de ir tan lejos tenemos el ejemplo del Indec que no hace más que comparar los ingresos de los hogares que provienen de la Encuesta Permanente de Hogares con el valor de la línea de pobreza que se calcula regularmente. Lo que no deja de sorprender es que la línea de pobreza del Gran Buenos Aireas, utilizada en las estimaciones habituales del organismo, surgieron de una investigación realizada entre 1888 y 1990, tomando como fuente los resultados de la Encuesta de Ingresos y Gastos de los Hogares de 1985 y 1986.

No es una novedad afirmar que vivimos en un mundo donde la exclusión y la pobreza son uno de los motores fundamentales para que el motor no pare y para que la rueda siga girando, pero el interrogante surge cuando nos detenemos a pensar que pasa con los derechos, libertades y posibilidades de desarrollo de los que se encuentran de ese lado, que no son ni más ni menos que ciudadanos de un país que, como cualquier otro igual, ejercieron su derecho de voto a favor de un sistema representativo que garantice su digna supervivencia.

Cada vez que el ejercicio de los derechos se vea invadido por la pobreza, es el Estado con su política social quien debería restituirlos. Como garante de esos derechos inalienables de las personas tiene que elaborar una medición basada en el bienestar, incorporando la dimensión ética y humana a los problemas económicos, tal como explica Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, en su teoría sobre la “Economía del Bienestar”.

Se puede estar más o menos de acuerdo con esta forma más amplia de ver a la pobreza que rompe con la vieja escuela, pero no se puede negar que algo fundamental debe estar fallando para que dejemos a una de cada seis personas morir de hambre cuando vivimos en un mundo que tiene las posibilidades de producir alimentos para una población que supere los 6.500 millones de habitantes actuales.

Otra de las claves que nos muestra esta nueva “Economía del Bienestar” está en comprender el efecto de variables biológicas, geográficas y sociales en los ingresos de los individuos, las cuales pueden lograr pisotearlo aún más. Con esto se quiere demostrar que no es suficiente apreciar el dinero que recibe una persona para determinar si se encuentra dentro de los rangos establecidos como los de pobreza o no.

Si nos centramos directamente en la situación de nuestro país con una economía altamente desigual, la tensión es más evidente. Con un universo productivo que tiene más del cuarenta por ciento de empleados en negro (con una baja tasa de sindicalización que se reduce más por los empleados no registrados, y que deja afuera de sus beneficios a una importante mayoría) no hace falta explicar mucho más para dejar entrever las necesidades de una sociedad cuya economía excluye a un porcentaje importante de la población.

Otro conflicto surge del mismo antagonismo. Por un lado somos el cuarto país productor de alimentos del planeta, y por otro, ocho niños mueren de hambre por día. Las cifras hablan por sí mismas.

Igualmente no toda la solución a este conflicto podemos dejarla en manos de los gobernantes. También es un deber moral del pueblo asegurase, dentro de lo posible, sus días en la tierra, y hoy una de nuestras mejores armas es la participación ciudadana. Sigue siendo una de las herramientas fundamentales que de la que nos valemos para conseguir una política con mayor calidad y con mejores políticos. Pero nuestra historia nos demuestras que esto solo no basta, que necesitamos indicadores consensuados, técnicamente serios y que apunten al bienestar, dejar afuera al PBI como parámetro principal de riqueza de un país y orientar los índices a los que integren al desarrollo humano, a la inversión en salud y educación.

Avanzar sobre esta manera de pensar, con una conciliación entre el pueblo y el Estado, y reestableciendo las responsabilidades de cada uno, podemos acercarnos a la libertad y a la igualdad que nos pertenecen no a algunos, sino a todos.

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