lunes, 9 de noviembre de 2009

EL PENAL MÁS LARGO DEL MUNDO

Maravilloso cuento escrito Osvaldo Soriano, interpretado por el staff de Esquivando el Éxito como un simple homenaje a un referente de la cultura popular argenta.


El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958, en un lugar perdido del valle de Río Negro, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle, porque los domingos, los domingos no había otra cosa que hacer.

Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta, y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano.

En el campeonato participaban dieciséis clubes, y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar, y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso, porque era la única que tenían.

En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria. A nadie le llamó la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos, y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.


Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, quedara relegado al segundo puesto. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.

Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso, y nosotros no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.

Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana, y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaba en la heladera.

Eran la atracción, y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete, y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.

En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio, y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto, cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0, y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos. Llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.


El último enfrentamiento fue histórico por el penal.

El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles. El día era fresco, y Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto.

El referí que pitó el penal, era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local, y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo, cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno, y todavía no había cobrado penal, por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar. Con el empate, el local era campeón, y Herminio Silva quería conservar el respeto.

Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella clavó un tiro libre desde muy lejos, y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo, y alargó el partido hasta que Padín entró en el área, y ni bien se le acercó un defensor, pitó.

En ese tiempo, el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca, y había que contar doce pasos. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota, porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz.

Hubo tanta pelea, que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha, ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido, y ordenó disparar al aire. Esa noche, el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.


Según el tribunal de la Liga, faltaba jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal, y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador, y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio, a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana, y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio, y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. Todos los hombres se habían reunido en la cancha, y formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz. El entrenador, de traje negro y lunar, repetía:

- “Esta es la mejor manera de probar al arquero”.

Al final, todos tiraron su penal, y el Gato atajó unos cuantos, porque le pateaban con alpargatas y zapatos. Al caer la tarde volvieron al pueblo, y se pusieron a jugar a las cartas en el club. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro, hasta que después de comer se puso un escarba dientes en la boca, y dijo:

-Constante los tira a la derecha.

-Siempre -dijo el presidente del club.

-Pero él sabe que yo sé.

-Entonces estamos jodidos.

-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.

-Entonces tírate a la izquierda y listo, Gato.

-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.

-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.

El martes no fue a entrenar, y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron, caminando por las vías del tren, estaba hablando solo, y lo seguía un perro con el rabo cortado.


-¿Lo vas a atajar? - le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.

-No sé. ¿Qué me cambia eso? - preguntó.

-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.

-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer –dijo, y silbó al perro para volver a su casa.

El viernes, la rubia de Ferreyra estaba atendiendo la mercería, cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores.

- Esto te lo manda el Gato Díaz, y hasta el lunes vos decís que es tu novio.

-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores.

El sábado a la tarde, el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.


-¿Y yo cómo sé? -dijo él.

-¿Cómo sabés qué?

-Si me tengo que tirar para ese lado.

La rubia Ferreyra lo tomó de la mano, y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.

-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.

-¿Y si no lo atajo? -preguntó él.

-Entonces quiere decir que no me queres -respondió la rubia, y volvieron al pueblo.

El domingo del penal, salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar, no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.

El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz, y desde allí narraba lo que ocurría, a otro muchacho que había quedado en la vereda, que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros, y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella.


A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos, como si fueran a jugar un partido en serio. Cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha, Herminio Silva fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero y lo expulsó. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.

El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio. Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.

En la ruta habían cortado el tránsito, y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato.

Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo, abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso, y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después- que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.

A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca, y sopló. Estaba tan nervioso, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí cayó de espalda, echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente, y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco, y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla. El gato pensó en el baile, en la gloria tardía… y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner, porque había quedado picando en el área.


El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada, y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba:

- ¡No vale, no vale!

La noticia corrió de boca en boca. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.

Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva.

- “¿Qué pasó?”

- Te desmayaste Herminio.

Cuando se lo contaron sacudió la cabeza, y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces, el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse, porque esa noche él tenía una cita y una promesa, y fue otra vez bajo el arco.


Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini, y recién después fue hacía la pelota. El pelotazo salió hacía la izquierda, y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo, y se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón, y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.

Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia, y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio, que no era de la rubia de los Ferreyra. Evité mirarlo a los ojos, y le cambié la pierna; tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro, y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.

-Bien, pibe… Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz… Pero para entonces, ya nadie se va a acordar de mí.


2 comentarios:

  1. qué bueno cuando la literatura, y encima la de primer nivel, se puede meter y entender lo popular...borrando esas divisiones que el sentido "común" nos inventa, obligándonos a ver dicotomías donde no las hay.....lo escrito no tiene que ser de elite ni para una elite, la literatura, la letra es de todos sin necesidad de para eso degradarla, sino todo lo contrario
    gracias soriano por demotrarlo una vez más
    LU

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