sábado, 5 de diciembre de 2009

EL POLO



Por Juan Apo

Fabian Polosecki, no fue un periodista más. Ni siquiera fue periodista recibido, pero fue quizás más periodista que muchos profesionales que aún no hacen coincidir su título con su méritos.

Nacido en 1964, Fabian a los 10 años de edad empezó a recorrer las redacciones de Clarín con su hermano Claudio, empleado del diario, que lo llevaba donde el mismisimo Sabat le hacía dibujos para que deje de correr.

A los veinticuatro, Polito trabajaba ya en Radiolandia, a las órdenes de Catalina Dlugi: había conseguido ingresar al mundo de los profesionales del periodismo, después de años de trabajar por amor al arte o al Partido. En esa redacción conoció a Enrique Sdrech, a quien admiró incondicionalmente, y se topó con la realidad del periodismo profesional: hizo infinidad de notas absurdas, inventó romances ridículos,etc.

Pero en la televisión, su talento por fin encontró un lugar.

Su llegada al medio le alcanzó para lograr revolucionar la forma de narrar historias cuando los años 90 recién inauguraban tiempos de medios cada vez más privatizados y cerrados.

Polosecki, rapidamente, demostró que se podía pensar en otro tipo de televisión ya que con sus programas “El otro lado” y “El visitante”, hoy considerados de culto, reflejó como nadie había hecho hasta entonces, los diferentes matices que se esconden detrás de las vidas de hombres y mujeres que son casi siempre ignorados y muchas veces despreciados.

“Hay mucha información importante en la persona que tenemos viviendo al lado, o en cualquier persona que tiene una pasión desmesurada; y creo que es válido intentar una mirada sobre esos campos de la realidad que, por otra parte, nos obligan a desprendernos de ciertos códigos de la televisión y adaptarnos a ese laburo”. Así, Polo describía su labor.



Polo, no se iba de un lugar buscando u armando conclusiones como actualmente lo hacen los cronistas u investigadores. En ningún momento intentaba “bajar línea”: solo mostraba el mundo que no se veía por televisión.

Polosecki ofrecía entrevistas extensas, arduas, donde su voz se perdía en el relato del otro, aportando solo simples monosílabos, afirmaciones, porque era el otro quien verdaderamente tenía algo para contar, y era ese el lugar donde se podían buscar indicios.

Sin dudas Fabián es hoy por hoy poco valorado y poco recordado fuera de los ambientes de estudio y producción, pero es claramente imitado en su manera de encarar una investigación televisiva o un programa periodístico.

Polo buscaba revelar los misterios. El mostraba vidas, no obligaba a nada ni manifestaba una subordinación: no sacaba conclusiones, le concedía esa opción al espectador, logrando que las producciones pueden ser consumidas estando incluso en distracción.



Se fué el tres de diciembre de 1996. Tan paradójicamente que estremece, esa realidad que él tan bien supo mostrar a través de sus preguntas, su espléndida narración y el lente de su
cámara, lo llevó a arrojarse a las vías del tren en la zona de Santos Lugares, dejando cientos de interrogantes y un magnífico legado periodístico. Es más terrible aun, saber que en uno de
los tantos crudos que no salieron al aire, un maquinista de tren durante una entrevista hacia la confesión de que era en esa zona el lugar más propicio para un suicidio. Fabián había decidido censurar esa parte ya que, según dijo, parecía un manual para el perfecto suicida.

La cobardía del acto es lo que muchos reprochan. Otros tantos extrañamos el modo de ver que él tenía y que se perdió en aquella tarde de diciembre, que como afirmó en algún relato, se pudo haber producido por haber visto demasiado y no poder dejar de pensar en
ello.

Nos quedan entonces sus obras. Esos tesoros que permitirán mostrar de la mejor manera una marca de época, su aquí y ahora, pero también su impacto en el después, en el futuro y en muchos lugares a la vez en ese futuro.

Fabian Polosecki es para muchos un nombre más, un, mal comparado, Gastón Pauls viejo que desaparecía de sus entrevistas, como si no supiera preguntar, sin saber que muchas de las mejores respuestas que nos hizo escuchar nacieron de sus silencios y de su necesidad de dejar hablar a esos que no se escuchaban sino muy de vez en cuando.



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