martes, 1 de diciembre de 2009

GENOCIDIO SILENCIOSO



 Por Etienne Baigorri

La problemática indígena existe, aunque se la disfrace y aunque muchos intereses desean que las comunidades originarias desaparezcan, como una consecuencia necesaria para continuar desarrollando el mundo capitalista sin obstáculos, cada vez más desprendido de las raíces y más prendido de la propiedad privada.

Un buen espejo de esta realidad es el documental llamado “Juruá, hombre de hierro”, de Rodolfo Cesatti (Jurua es la forma en que los Guaraníes llaman a los blancos. La traducción exacta es “bocón”, el que habla demasiado, el que promete y no cumple). Con mucha conciencia se muestra la lucha en la que desde 1992 la comunidad indígena Mbya Guaraní del Valle Cuña Piru, en el centro de Misiones, esta reclamando el derecho de propiedad de los territorios que habitan hace décadas. El conflicto empezó cuando la empresa Celulosa s.a. en una donación polémica cedió a la Universidad de La Plata (UNLP) 6500 hectáreas de bosques nativos en los que ellos viven.

Lamentablemente no suena increíble que a pesar de que esta disputa ya cumpla 17 años aun no hay solución. Es asombroso que la UNLP actúe como un terrateniente, o en términos más contemporáneos, como una multinacional. La Universidad no reconoce el derecho de propiedad de las comunidades indígenas, y a pesar de la promesa por parte de las autoridades de no vender ese territorio la incertidumbre sobre el futuro de su ecosistema se transformó en una amenaza constante sobre los Mbya.



Parece que la supremacía de la Constitución Nacional que resguarda los derechos de las comunidades originarias en un país multiétnico se dejo de lado otra vez, pero desespera más tener frente a nosotros una Universidad que ensucia con sus acciones lo que enseña en sus aulas.

La historia se vuelve sobre si misma y la tensión de las fuerzas colonizadoras sobre los Mbya se repite, se maneja el derecho de conquista exactamente igual que como se dio antes de 1810 y después también. Los guaraníes reaparecen cuando se va talando el monte, no es que ellos asalten nuevos territorios sino que a medida que les van recortando su selva, su cobertura natural, ellos quedan expuestos, en la misma tierra colorada que pisaron sus ancestros.

No solo están reclamando su propiedad, sino que buscan que no se extinga su cultura. Su pedido insiste en que se respete la dignidad humana, fundada en un bienestar cultural y espiritual que muchos de los Juruá ya vendieron.



Su estrategia de vida logró conservar el monte sin la necesidad de talar árboles, crear fábricas, destruir el suelo. Nadie ha demostrado hasta ahora un plan de conservacionismo mejor. En vez de respetar eso, utilizando como escudo la cruda realidad socioeconómica de las comunidades, la UNLP quiere crear una “reserva natural” e implementar un sistema de guarda parques que supuestamente generaría empleos para los Mbya. Claro, no les conviene reconocer que 150 años de historia guaraní en el Valle de Cuña Piru demuestran que su elección es vivir de la siembre, caza y recolección de hierbas medicinales. Ellos mismos construyen sus viviendas y venden artesanías para su subsistencia, y no esperan que ningún factor externo modifique su rutina.

Otros obstáculos para esta comunidad aborigen son las distintas formas de vida que a la fuerza intentan hacerse lugar en la provincia, una batalla despareja entre dos estrategias de subsistencia. Por un lado una cadena de producción larga y por el otro, la de las comunidades blancas, con una estrategia productiva corta que en lugar de entenderse con el monte necesitan superficies sin selva para colocar sus especies protegidas.

Hoy se los mantiene en silencio, y solo se escucha la frase “hermanos aborígenes” como estrategia política del poder de turno. El gobierno provincial se negó en cinco oportunidades a reconocer sus derechos, ni hablar de las trabas a la hora de entregarles sus DNI. De esta forma, les coartan sus derechos, los dejan fuera de la cobertura médica, les quitan la posibilidad de obtener cualquier tipo de beneficio, es decir, son ciudadanos “a medias tintas”.



Es claro que esta elección del gobierno apunta a un genocidio silencioso. Estamos frente a un Estado que con sus formas asistencialitas, solo en el discurso, busca una destrucción de las comunidades. Nada mejor que algunos hechos concretos para cristalizar estas palabras: el Gobierno brinda alimentos a estos pueblos, pero no tiene en cuenta que no son los que ellos pueden consumir según sus creencias religiosas. No olvidemos que la espiritualidad es fundamental en su cultura.

Además, los deja fuera del plan salud, como si no fuera suficiente la alta tasa de mortalidad infantil y la cantidad de enfermedades que serían fácilmente curables.

La educación es bilingüe, es decir, que les enseñan en lengua castellana a los niños que hablan guaraní desde que nacieron, y la traducción se les vuelve muy difícil. Genera más desconcierto saber que esto sucede cuando el material para enseñar en su lengua existe y esta a disposición.



Tal vez sea difícil para muchos de nosotros poder ver esta problemática, porque estamos a unos 1300 kilómetros del Valle Cuña y lamentablemente los guaraníes quedan un tanto relegados o invisibles. Y eso también tiene un porqué, si recuerdan cuando eran chicos y leían revistas como Billiken o Anteojito, al referirse a los guaraníes siempre lo hacían en pasado: “los guaraníes vestían, comían, cazaban” y la realidad, guste o no, es que los guaraníes comen, visten, cazan. Este es un claro ejemplo de lo que la política nacional quiere mostrar sobre las comunidades originarias, prefiere convertirlos en piezas de atracción turística, cuando en realidad están vivos y en pie de lucha.


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