jueves, 18 de marzo de 2010

EQUIDAD


Por Facundo Bianco

La imagen que se me viene a la cabeza es la de una pileta que rebalsa.

Se trata de una sencilla ecuación: si entra en la pileta más agua de la que su superficie soporta, simplemente ésta rebalsará y el agua caerá por los cuatro costados.

A orillas de la pileta, una colonia de hormigas levanta un grande pero humilde hormiguero. Con más pena que gloria, sí, pero allí está, y allí se erige orgulloso y originario.

Esa colonia de hormigas trabajadoras teme al agua como un niño teme a la oscuridad. Y sin embargo, no pueden dejar de mirar a los peces que, soberbios y preciosos, nadan y dan vueltas.

Afiliadas al gremio de la construcción desde tiempos primitivos, y cazadoras furtivas de hojas y migas de pan, las hormigas trabajan bajo el sol infalible mientras envidian la frescura de sus vecinos, que cambian el agua de su estanque al llegar cada luna.

Los peces reciben el trato preferencial de una mano que, invisible, rige el control de aquel patio trasero. Pero las hormigas, agotadas de la rutina que las lleva del trabajo a casa y de casa al trabajo, ven pasar los beneficios, que siempre terminan en el agua.

Sucede que se han vuelto ambiciosos los hermosos animales de piel naranja y brillante, con pequeñas machas azules. Han estado acumulando agua de tal manera que la pileta parece un océano, y ante cada salto ornamental y olímpico de algún pez, unas cuantas gotas caen y pegan contra las susceptibles paredes del hormiguero.

Las hormigas se organizan y la colonia entera protesta tanta ambición, innecesaria y exagerada. Exigen que la pileta reduzca su caudal de agua. Demuestran, con informes de especialistas, que la caída del líquido puede destruir su morada. Gritan por la igualdad de derechos: menos agua para ustedes, más agua para nosotros. Equidad.

Piden dignidad, tan sólo un poco de protección de aquella mano jefe, gobernante sin elección. Repartir la torta, o, mejor dicho, el uso de la canilla.

Los peces ríen y miran para otro lado. La mano hace oídos sordos (sí, eso es posible).

El agua sigue llegando y la pileta satura el límite de su capacidad.

Una noche caliente y pesada como mil bolsas de cemento, el agua empieza a rebalsar lentamente, recorriendo el borde de la pileta y lanzándose en caída libre hasta el suelo, donde cada gota explota y se divide en muchas partes.

Las primeras gotas dejan lugar a chorros y a olas incesantes, que forman una catarata imparable. El hormiguero se desploma, y cada hormiga corre a su interior buscando un refugio. Corren por su vida, huyen del desamparo cruel.

Todo es desesperación, y ni los peces ni la mano invisible acuden a los gritos de socorro de los negros insectos.

Las hormigas se van muriendo de a una, entre el desastre y la tristeza. No hay consuelo. Es el fin.

Los peces no acuden al velorio, que de todos modos no existe. Mucho menos la mano invisible, que sólo atina a barrer el desorden de tierra y cadáveres, y agrega agua a la pileta, que se había vaciado.

1 comentario:

  1. habrá que ver si los peces siguen siendo tan superiores sin ese "otro" que por oposición los hace mas importantes
    muy buen cuento!!!
    LU

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