lunes, 29 de marzo de 2010

ES INMINENTE EL FINAL, TODO ESTÁ DICHO


Por Juan Apo

Siete días de diciembre, treinta y uno de enero, veintinueve de febrero y veintitrés días de marzo suman los tres meses que han transcurrido desde que el teniente General Videla pronunciara desde el frente de operaciones de Tucumán junto a las fuerzas bajo su mando en nochebuena su trascendente alocución. Al cumplirse hoy los noventa días de esa dramática apelación, que algunos parecieron no haber tomado en consideración en su debida dimensión y profundidad, hay que recordar ante las circunstancias criticas del presente, algunas de las expresiones de Videla: “El ejercito con el justo derecho que le concede la cuota de sangre derramada por sus hijos, héroes y mártires, reclama con angustia pero también con firmeza una inmediata toma de conciencia para definir posiciones. La inmoralidad y la corrupción deben ser adecuadamente sancionadas. La especulación política, económica e ideológica deben dejar de ser medios utilizados por grupos de aventureros para lograr sus fines”. El país se pregunta a tres meses de aquellas severas palabras, ¿Qué debería decir el teniente general Videla si hablara hoy? Una fuente responsable responde: “Ahora nada, todo esta dicho”.

Editorial de la edición nocturna del diario La Razón del día 23 de marzo de 1976.


...

Fue poco antes de principios de 1976 cuando el golpe militar se hizo irreversible y fue inminente la llegada de un hecho que cambió la historia del país.

Comenzando el año trágico, se resolvió reunir el Consejo Nacional de Seguridad, integrado además de los ministros por los comandantes y los titulares de las dos cámaras del Congreso. Allí, la presidenta en funciones, María Estela Martínez de Perón, desestimaba públicamente un golpe anticonstitucional a su gobierno.

Mientras tanto, a esa misma altura de los hechos, en la cúpula militar se pensaba que la muerte de Perón marcaba ineludiblemente el fin de un ciclo político y se abría un dramático interrogante sobre el rumbo que podría tomar el país de ahí en adelante. Ese interrogante, ante la presencia de la creciente actividad catalogada como terrorista, hacía visible que el gobierno no tenía apoyo en las Fuerzas Armadas.


El golpe ya estaba en plena marcha.

El golpe debía darse el Día D. Inicialmente ese día se fijó dentro de la segunda quincena de febrero. Pero luego fue postergado sucesivamente. Las razones sólo las conocen los comandantes Videla, Massera y Agosti. Pero una de ellas bien pudo haber sido la incorporación de los nuevos conscriptos. Otra, el armado de un brazo de reestructuración económica.

Ya el 12 de marzo Martínez de Hoz confió que el general Videla le había hecho un ofrecimiento y el 17 de marzo, el plantel que luego manejaría durante cinco años las riendas de Economía, estaba ya casi integrado. Sólo faltaba llenar el cargo de presidente del Banco Central y se sugirió el nombre de Adolfo Diz, que fue una de las llaves principales con las que Martínez de Hoz consiguió abrir las puertas de la banca internacional, ya que había estado en los máximos escalones del Fondo Monetario Internacional y tenía tal vez la mejor y más nutrida cartera de contactos con la banca internacional. Del 17 al 24 de marzo, el equipo Martínez de Hoz trabajó a full en las oficinas de Corrientes 545, donde idearía la reforma financiera y la apertura arancelaria.

El 20 de marzo los médicos del Hospital Militar Central recibieron una orden: "Chequear a los internados y dar el alta a todos aquellos que estén en condiciones de abandonar el establecimiento. En las próximas 48 horas debía haber la mayor cantidad de camas disponibles. Atención de terapia intensiva y primeros auxilios. Alertas para una emergencia". El 23, el director del hospital Jorge Curuchet Ragusin, convocó a los médicos para las últimas horas del día y habría dicho, según fuentes cercanas: 

—Es muy probable que esta noche pase algo serio. Todos, sin excepción, deben entrar de guardia a las siete de la tarde. Y la guardia no se levanta hasta nuevo aviso.

El 22 de marzo ya la suerte estaba echada.


A las 10 de la mañana del 23, hubo una reunión del gobierno con los jefes militares que se retiraron diciendo que lo tratado hasta ese momento iba a ser puesto en conocimiento de las respectivas fuerzas.

A esa hora María Estela Martínez de Perón almorzaba con los sindicalistas Lorenzo Miguel, Rogelio Papagno, Amadeo Genta —el único directivo de la CGT que estuvo presente— y el ministro de Trabajo, Miguel Unamuno.

A las siete de la tarde los tres comandantes volvieron al despacho del ministro Deheza. Los trascendidos de la época aseguraron que allí el gobierno jugó lo que pensó que era probablemente su última carta: una serie de concesiones. Habría ofrecido cuatro ministerios (Interior, Bienestar Social, Justicia y Defensa) y la injerencia directa de los jefes de las tres armas en una junta asesora de gobierno con poder de veto sobre las decisiones presidenciales. Se dice que hasta se habló de la disolución del Congreso. Hoy se sabe que esas concesiones, ciertas o no, eran inútiles.


Según el testimonio del ministro Deheza, al finalizar la reunión Videla dijo: 

—Son tan serios los argumentos que usted ha hecho acá que yo le pido que concurra mañana al Edificio Libertador a mediodía para que los repita ante la reunión de generales que voy a convocar. A las diez y veinte Deheza fue a ver a la Presidente y le relató todo lo tratado. Le dijo, además, que le parecía ver en Videla cierta receptividad. 

Isabel Perón tuvo una ingenua esperanza en calificar de positiva a la reunión que había prometido Videla para el 24.

— ¿Seguirían las tratativas? No se sabía con exactitud.

Hacia las once de la noche la Presidente dio por terminada la reunión diciendo que continuaría al día siguiente.

María Estela Martínez de Perón se quedó un momento con Deheza y Julio González. Alguien le aconsejó: "Por qué no se queda en la Casa Rosada". Ella lo desechó: "No. No. Me voy a ir a Olivos". Y se encaminó hacia el helicóptero.


La Presidente subió al helicóptero rojo y blanco exactamente a las 0.49 del miércoles 24 de marzo. Junto a ella iban Julio González, el secretario técnico de la Presidencia y Rafael Luisi, jefe de la custodia. Cuando Martínez de Perón partía en helicóptero, también salía toda la caravana de autos oficiales. Era una medida de precaución.

Cerca del Aeropuerto el piloto advirtió: —Asegúrense los cinturones. Tenemos un pequeño desperfecto. Voy a bajar en el Aeroparque.

El equipo que los comandos habían designado para planificar y ejecutar la detención de María Estela Martínez de Perón estaba integrado por el general José Rogelio Villareal, el contraalmirante Pedro Santamaría y el brigadier Basilio Arturo Lami Dozo.

María Estela Martínez de Perón bajó del helicóptero y siguió a los hombres uniformados que la conducían hacia el despacho del jefe de la base aérea. Un oficial le abrió la puerta de entrada al despacho. En el preciso momento en que puso un pie adentro de la oficina, Julio González y Rafael Luisi fueron reducidos. La Presidente, que algo sintió, cruzó todo el cuarto y se sentó en un sillón.


Por un pasillo lateral se les acercó el jefe de la base.

—Le comunico que las Fuerzas Armadas han asumido el poder político de la Nación. Usted queda destituida —dijo el general Villarreal, quien agregó: “Tranquilícese. Nuestra presencia garantiza su seguridad.

A las 2 de la mañana del día 24, Todos los canales de TV y radio entran en Cadena Nacional y se escucha el comunicado número 1.

Solo resta la asunción de la cúpula militar, a las 15.30, cuando Videla, Massera y Agosti toman oficial y públicamente las riendas del país.

Ya era de día, sin embargo fue el principio de la noche más larga de nuestra historia.
 

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