sábado, 3 de abril de 2010

¿APOLÍTICOS?


 Por Facundo Bianco

Caemos todos en la constante generalización de las cosas, o más precisamente de los grupos humanos. Englobar, crear un universo homogéneo, etiquetar, ayuda a la clasificación, el reconocimiento, el análisis y el visto bueno (o no).

Pongámonos de acuerdo: las generalizaciones son simplistas. Ayudan, pero son simplistas. Recurrimos a ellas casi por constante inercia, pero son simplistas.

¿Por qué? Porque los grupos humanos nunca son tan sólidos en su composición, como para inferir que lo que le pasa a una porción, grande o chica, le pasa al resto. El ser humano es complejo en sí, por lo que puede deducirse que todo se potencia cuando hablamos de un grupo.

Una de las sensaciones que dejó la repleta Plaza del 24, fue la de encontrarse con más jóvenes que en tristes aniversarios anteriores. Hoy, decantando el pedido de justicia, y los análisis sobre la izquierda eterna reclamante y la defensa al modelo kirchnerista, van apareciendo preguntas y conclusiones casi en simultáneo.

¿Por qué tantos jóvenes? ¿No es ésta generación la más despolitizada que se haya visto? ¿No era que la juventud estaba en otra? ¿Que el desinterés es un patrón único entre los pibes? ¿Qué no existe más militancia? ¿Están seguros?

El discurso de jóvenes alejados de cualquier interés social y político se ha instalado hace tiempo, lo cual, de movida, no lo hace falaz. Pero da para preguntarse (por lo menos) si, efectivamente, esta generación de jóvenes está tan despolitizada como mandan.

Los medios de comunicación, reflejo social e imposición corporativa en igual medida, no colaboran. Ver a un veinteañero fundamentando una postura frente a las cámaras de TV, sucede con menos frecuencia que la ignota presencia de un eclipse solar. En cambio, se encuentran a toda hora y en todo canal, pibitos con chupines fluorescentes y ojos escondidos tras flequillos prolijamente desprolijos, o desangelados adultos de quince años consumidos por la urgencia adictiva del paco y la delincuencia como manotazo de ahogado irreverente.

Ambas situaciones existen, pero solo una se transmite.

Sin embargo, hace unos días nomás, la Plaza de Mayo reventó de gente sub30, alineados o no a columnas embanderadas. El caso testigo de la representación que sintieron miles de personas con el programa 6, 7, 8, no puede dejar de funcionar como muestra. Fuera de agrupaciones políticas (de las nuevas o de las viejas), el programa de Barone y compañía ha asumido una postura, y a partir de allí ha sembrado y cosechado adeptos, entre los que se ve mucho piberío.

Discusiones sobre la calidad del programa a parte, la presencia de tantos jóvenes identificados y autoconvocados, es suficiente para lograr que uno mire de reojo eso de “a la juventud no le interesa la política”. Sobre todo, porque se generó por fuera de los focos de militancia tradicionales, donde es más sencillo encontrar pibes con vocación social.

No se trata, desde aquí, de afirmar si el discurso es cierto o no. Simplemente, de cuestionarlo, revisar su veracidad instalada, y no desconocer su resultado. Porque, sabemos, hay intereses detrás del discurso.

No descubro nada cuando digo que, entre los logros que se puede atribuir la última dictadura militar (y sumémosle el menemismo), está la despolitización de una porción grande de la sociedad, la falta de participación y de solidaridad de clase. Ni descubro nada, ni lo niego. Pero el último 24 de marzo despertó la necesidad de auditar algunas imposiciones.

Como dijo Aliverti, en su columna de Página12 del 29 de marzo: “habrá quienes no crean que ese espíritu acometedor sea una gran noticia, por entenderla como en extremo predecible. Uno, en cambio, se siente más protegido. O menos solo”.

De eso se trata: de saber si es verdad que estamos tan solos, como se dice.

Yo creo que no.

¿Y ustedes?

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