miércoles, 14 de abril de 2010

LA GUERRA QUE NUNCA TERMINA


Por Iparraguirre, Etienne

La guerra empezó desprolija y de improvisto el 2 de abril de 1982, en pleno gobierno de facto de Leopoldo Galtieri, con la ayuda del General Menéndez, gobernador militar de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, y, entre otras cosas, represor de la dictadura que achicaba el país por esos años. Reformulemos: el conflicto bélico tomó por sorpresa a la sociedad civil, pero no a los militares que ya venían planeando su estrategia de ocupación por las armas varios años antes del estallido de abril, a cualquier costo, obviamente. 746 soldados argentinos muertos y 1608 heridos, contra 268 muertes del lado británico fueron suficientes para aceptar nuestro sabido fracaso el 14 de junio de 1982, día en que las tropas argentinas se retiraron de las Islas y los ingleses usurparon definitivamente los tres archipiélagos.

La vuelta sería gloriosa, pensaban los héroes que sí defendieron nuestra patria. A cambio de eso los escondieron como si no lo fueran, les negaron una asistencia psicológica e incluso médica. Se produjo en torno a ellos un vacío social, de la mano un proceso de desmalvinización por parte de las autoridades.


Hay demasiados grises en torno al conflicto. Militares que se jactaron de reprimir y golpear a los conscriptos en cada rincón del cuerpo, sumado a una más brutal aún tortura psicológica, que todavía hoy siguen impunes hace que el imaginario colectivo nacional todavía no pueda aceptar la derrota. No solo por el territorio sino por la injusticia, que por ejemplo, le aseguró a Menendez una pensión honorífica de veterano de Guerra del Atlántico Sur (decreto 886/05), y un indulto menemista a pesar de tener bajo la alfombra 47 casos de homicidio, 76 de torturas y cuatro de robo de bebes durante el último golpe de Estado. Aunque todo demuestraba que hay que ser pesimista la sentencia a cadena perpetua para Menendez en una cárcel común llegó con el invierno del año 2008. 

El Estado argentino tardó ocho años en aprobar un beneficio social. Recién fue a principios de los noventa, con el Gobierno de Carlos Saúl, cuando los ex combatientes recibieron su primera pensión de guerra mensual de 315 dólares, que incluía tanto a soldados conscriptos como a oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas. En 1994, el siguiente paso del Carlos fue crear la Comisión Nacional de Veteranos de Malvinas, no sin ningún negociado por atrás. La ayuda fue aprovechada también para la utilización irregular de esos recursos. Durante la administración de este gobierno el número de veteranos inexplicablemente se duplicó, según las cifras del Ministerio de Defensa llegó a los 22 mil registrados, cuando en 1982 eran 10.000. El clientelismo político y muchas irregularidades en las pensiones estatales se apoderaron del beneficio.


Desde el año 2004 se destinan 427 millones de pesos anuales en pensiones honoríficas. Este se trata del único beneficio económico que hoy reciben los 20.030 casos que actualmente reconoce el Estado. Son 14.503 los que corresponden a ex combatientes y familiares de los fallecidos en combate, y los 5.527 restantes a personal de las Fuerzas Armadas que actuaron en Malvinas. Equivale a tres pensiones mínimas y rasguña los 1600 pesos.

Claro que este decreto es un avance, logró triplicar la cifra que cobraban los veteranos de guerra desde 1988, pero sigue sin incluirlos en el mapa social. Desde el centro de ex combatientes Islas Malvinas de La Plata el reclamo fue siempre el mismo: “que no cobren las pensiones los militares, quienes al regresar de Malvinas siguieron cobrando su sueldo, a diferencia de los conscriptos. Además, sigue en deuda la atención sanitaria y psicológica pos guerra para los ex combatientes, contención que debería brindar el Estado”.


No olvidemos que los trastornos y costos de haber vivido una situación traumática de la escala de lo que fue esta guerra deja secuelas que acompañan toda la vida, y que muchas veces buscan la muerte. No hay cifras oficiales, solo las de cada Centro de ex combatientes, pero se estima que han ocurrido ya entre 350 y 500 casos de suicidios desde que terminó el combate.

La realidad es que hoy, y estas vez sí con cifras oficiales surgidas de un censo nacional de veteranos realizado por el Gobierno, un 43 por ciento de los veteranos no tiene donde vivir y un 36 por ciento sufre problemas de salud. La duda que me surge es: Como país y como gobierno, ¿no deberíamos concentrarnos en salvar estas vidas en vez de volver a instaurar un nacionalismo autocreado, como en aquel momento, con el fin de alcanzar intereses políticos de los cuales ni siquiera conocemos la magnitud?. Luego de estas pocas líneas salta a la vista que los veteranos nunca fueron un tema muy urgente en la agenda política de los sucesivos gobiernos, eso está claro. Lo importante siempre fue recuperar territorio que obviamente nos pertenece por haberlo descubierto y colonizado, por cuestiones geográficas y por derecho, pero me despierta cierta desconfianza que el reclamo solo quiera recuperar la soberanía entre otras cosas porque las Islas Malvinas tienen recursos que necesitamos para que nuestras reservas no se agoten en dos años. No es malo reclamar nuestros derechos, pero si lo es olvidarse de los derechos de los que murieron y de los que volvieron luego de pelear por la Patria.


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