jueves, 8 de abril de 2010

SOLDADITOS


Por Facundo Bianco

Los ojos borrachos se clavaron, fijos, en los dos hielos que bailaban dentro del vaso. Y la imaginación, en estado confuso, hizo el resto: el whisky fue el atlántico, los cubitos frías islas, y el cuarto viejo y oscuro, el búnker perfecto.

La radio, prendida a triste volumen, ofició de multitud ensordecedora. Faltaba la bandera Argentina. Dio un giro viejo y defectuoso, y la vio frente suyo, alta e inmaculada, colgada de la pared.

La historia estaba armada, como un cuento perfecto donde nada puede salir mal. Comenzó la aventura.

Un llamado bastó para que alguien trajese los soldaditos de plomo. Ni miró quien. El pedido fue concreto: un grupo verde y otro rojo. Caja en mano, se quedó cautivado con el perfecto estado de los muñecos verdes. Eran nuevos, de inocencia evidente.

Los fue sacando de sus cajas, y los aventuró a saltar a la alfombra, sin paracaídas. Ahí, desperdigados y separados en tierras desconocidas, los volvió a mirar. Observó detenidamente la escena, pareció disfrutar lo que estaba por suceder.

Tomó los soldaditos rojos que había dejado a un costado, y repitió la acción: Los tiró, en la otra punta de la alfombra, y se quedó quieto, presenciando su obra de arte.

Con arranque desmedido de fuerza y falta de coordinación, movió todo su voluminoso cuerpo y se puso serio. Pisó, firme, la alfombra. Debajo de la suela de su borceguí, sintió el presencia del enemigo.

- Pedí clemencia. – le dijo – Suplicá colorado puto.

Sonrió, tiro la cabeza para atrás y trastabilló, pero evito el impacto poniendo una mano en el escritorio. Apoyó el vaso, cerró los ojos bien fuerte, miró de reojo con dificultad, y volvió a la alfombra.

Se plantó otra vez frente a los soldados rojos, y, sin mediar discurso, pisó a uno, pisó otro, y otro. Y siguió pisando a cada uno de ellos, mientras soltaba etílicas carcajadas y agitaba los brazos.

Pisó el último. Se inclinó, apoyó los brazos en sus añejas rodillas, y descansó. Segundos después, agitado, pero con el orgullo del deber cumplido, se reincorporó y alzó la frente. 

Delante de los soldaditos verdes, que permanecían inertes pero aún con vida, sonrió. Meneó la cabeza y sonrió. Y con la voz aún agitada, vociferó:

- Bien pendejos, bien. Ganamos.

1 comentario:

  1. me encantó esta editorial. Sin caer en los golpes bajos ni en los lugares comunes, tiene los conceptos justos para no derrapar para ningún lado. Una metafora buenisima
    LU

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