jueves, 13 de mayo de 2010

SANTA EVITA


Por J.I.Apogliessi

La historia de los personajes más influyentes de la historia argentina guardan casi siempre millones de secretos y misterios que nunca se terminan develando, ya sea simplemente por conservar la imagen sagrada que esos personajes dejan en propios y extraños.

Sin embargo, la historia de Eva Perón, Evita desde un día hasta siempre, emerge como un caso muy difícil de comparar, ya sea por obra durante su vida como por el grado de mito que tomó desde tiempo antes de su muerte.

A pocos días de otro aniversario de su nacimiento, Esquivando el Éxito, le regala un humilde homenaje a la mujer que desde lo más alto, le habló al de más abajo.


Nadie sino el pueblo me llama "Evita". Solamente aprendieron a llamarme así los "descamisados". Los hombres de gobierno, los dirigentes políticos, los embajadores, los hombres de empresa, profesionales, intelectuales, etc., que me visitan suelen llamarme "Señora"; y algunos incluso me dicen públicamente "Excelentísima o Dignísima Señora" y aún, a veces, "Señora Presidenta". Ellos no ven en mí más que a Eva Perón.

Los descamisados, en cambio, no me conocen sino como "Evita". Yo me les presenté así, por otra parte, el día que salí al encuentro de los humildes de mi tierra diciéndoles "que prefería ser "Evita" a ser la esposa del Presidente si ese "Evita" servía para mitigar algún dolor o enjugar una lágrima.

Ahora si me preguntasen qué prefiero, mi respuesta no tardaría en salir de mí: me gusta más mi nombre de pueblo. Cuando un pibe me nombra "Evita" me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra. Cuando un obrero me llama "Evita" me siento con gusto "compañera" de todos los hombres.

Esta es un fragmento del libro “La razón de mi vida”, publicado por Eva Duarte de Perón en 1951, habla de Eva tal cual era, simple, desprejuiciada pero ante todo conciente del lugar al que perteneció siempre.
Sin embargo, la historia de Evita comienza algunos años antes.


Eva María Ibarguren, como tantos otros que llevaban el apellido materno, había nacido en otra realidad, con otras necesidades…fue en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, el 7 de mayo de 1919, un día mágico, de esos que no pasan a menudo, esos días en que el mundo recibe a alguien especial aunque, como siempre, tarda varios años en comprobarlo. 

Su madre era Juana y su padre Juan, quien mantenía dos familias, una legítima en Chivilcoy y otra ilegítima, en Los Toldos, con la misma Eva, algo muy común de la vida en el campo y principalmente para los hombres de clase alta, antes de los años '40. Juana y Juan tuvieron cinco hijos, pero el padre no reconoció a ninguno de ellos. 

Como un guiño del destino, Eva vivió su primeros años con la estampa de hija ilegitima, por la característica de su familia, lo que le hizo sufrir las mas bajas humillaciones pero que la nutrió de una inmensa sensibilidad hacia el desvalido. 

La muerte de su padre, llevó a la pequeña Eva a seguir su infancia en Junín, donde afloró la vocación artística que la llevaría a ser medianamente conocida tiempo después, y que equiparaba las grandes dificultades para seguir los programas escolares con la pasión que mostraba por la actuación.

Allí, en la pequeña escuelita donde asistía y con el pelo negro heredado de su madre, fue donde participó por primera vez en una obra de teatro, unas realizaciones estudiantiles llamadas Arriba Estudiantes y "Cortocircuito", siempre con un fin, justamente, solidario o en beneficio de algún organismo como una biblioteca del pueblo, entre otras $cosas.


De pequeña, entonces, ya daba muestras de ser una niña que no estaba ajena a la realidad de carencias que la rodeaba, además de dejar entrever sus condiciones para el liderazgo, acaudillando a grupos de compañeros de la primaria, con un grado de compromiso que la llevó, sin ir mas lejos, a lograr que sus compañeritos fueran al colegio con un brazalete negro como signo de luto, el 3 de julio del 33, día de la muerte del ex presidente Hipólito Yrigoyen, quien derrocado tres años antes por un golpe de Estado.

En la razón de mi vida, Evita escribió:

En el lugar donde pasé mi infancia los pobres eran muchos más que los ricos, pero yo traté de convencerme de que debía de haber otros lugares de mi país y del mundo en que las cosas ocurriesen de otra manera y fuesen más bien al revés. Me figuraba por ejemplo que las grandes ciudades eran lugares maravillosos donde no se daba otra cosa que la riqueza; y todo lo que oía yo decir a la gente confirmaba esa creencia mía. Hablaban de la gran ciudad como de un paraíso maravilloso donde todo era lindo y extraordinario y hasta me parecía entender, de lo que decían, que incluso las personas eran allá "más personas" que las de mi pueblo.

Estas reflexiones forjaron un sueño en la mente de Eva, quien el 3 de enero de 1935, cuando tenía 15 años, tomó el tren a Buenos Aires en pos de triunfar como artista y conocer el país que tiempo después le rendiría eternos homenajes.

Su hermano Juancito, la escasez y las humillaciones de no tener dinero fueron sus primeras compañías en la gran ciudad.


En 1936 fue contratada por la Compañía Argentina de Comedias Cómicas liderada por Pepita Muñoz, José Franco y Eloy Álvarez para realizar una gira de cuatro meses por Rosario, Mendoza y Córdoba.

Lentamente fue logrando un cierto reconocimiento, participando primero en películas como actriz de segunda línea, también como modelo, pero sobre todo por su labor como locutora y actriz de radioteatros. En agosto de 1937 obtuvo su primer papel en un radioteatro en la obra Oro blanco, que se transmitía por Radio Belgrano, y que estaba ambientada en la vida cotidiana de los trabajadores del algodón en el Chaco.

Hasta sus historias tocaban a la clase que apadrino años después.

Solo con 19 años, comenzó a protagonizar radioteatros en radios importantes llegando a trabajar en cine nada más ni nada menos que con Luis Sandrini.

La estabilidad económica dio lugar a otra Eva, y esa Eva hizo renacer las ideologías que había dejado, de alguna forma, a un lado en pos de subsistir en el duro día a día.


Pudo abandonar las pensiones y comprarse su propio departamento, el mismo donde tres años después comenzaría a vivir con el propio Juan Domingo Perón, y además se hizo tiempo para fundar la Asociación Radial Argentina (ARA), primer sindicato de los trabajadores de la radio.

Sin embargo, el año 44 significó el verdadero quiebre no solo en su vida, sino en la vida de todos los argentinos: Durante el Festival que, a Beneficio de las víctimas del Terremoto de San Juan, se realizó en el Luna Park de Buenos Aires conoció a Juan Domingo Perón y comenzó así una relación que sería fundamental en el desarrollo del, quizás, movimiento político más importante de la historia nacional. Se casaron poco después del 17 de octubre de 1945, entre críticas y muchas dudas de parte de las fuerzas estatales, después de que Perón superase la situación de golpe, por parte del General Ávalos, el 8 de ese mes.


Inmediatamente, Eva comenzó abiertamente su carrera política acompañando a Perón, como su esposa, en la campaña electoral con vistas a las elecciones presidenciales del 24 de febrero de 1946 generando una novedad en la historia política argentina, ya que la actividad política femenina era utópica, hasta la llegada de Evita, tal como empezaba a ser conocida. 

Si bien es cierto que durante la campaña electoral Eva no pudo ir más allá de su condición de esposa de Perón, ya en ese momento era evidente que su intención era desempeñar un papel político autónomo, incluso aunque las actividades políticas estuvieran prohibidas para las mujeres. Un fragmento de su discurso leído en un principio, el 1 de mayo de 1949, habla por si solo:

"Prefiero ser Evita, antes de ser la esposa del Presidente, si ese Evita es dicho para calmar algún dolor en algún hogar de mi patria".

El 24 de febrero de 1946 se realizaron las elecciones triunfando la fórmula Perón-Quijano y Evita, con 26 años, se convirtió en la Primera Dama asumiendo un protagonismo infrecuente para una mujer. No sólo acompañaba a Perón en las giras y visitas sino que, entre sus propias actividades estaba la de atender a los gremialistas, tres veces por semana en la Secretaría de Trabajo.


Su influencia no era una fantasía, y ser designada presidente de la Comisión Parlamentaria Pro-Sufragio Femenino era una muestra mas de que Congreso concedió el voto a las mujeres el 23 de septiembre de 1947 presentándolo como un logro personal de Evita. 

Tanta importancia había tomado esa mujer, que en 1951 se realiza el Cabildo Abierto donde se intenta proclamar la formula Perón-Perón promovida por la Confederación General del Trabajo. El palco oficial, con dos grandes retratos de Perón y Evita y la sigla de la CGT, se levantó la intersección de la Avenida 9 de julio y la calle Moreno. Fue una de las mayores concentraciones de la historia argentina. Dos millones de voces le piden a Eva que acepte la candidatura a la vice-presidencia; candidatura fuertemente resistida por varios sectores del poder. Pero Evita quería otra cosa. En un discurso histórico procura declinarla expresando que "no renuncio a mi puesto de lucha: renuncio a los honores". Sin embargo, la negativa fue oficialmente anunciada el 31 de agosto en un discurso transmitido por radio y esa fecha fue fijada anualmente como "Día del Renunciamiento".


En esa época, Evita ya había sido alcanzada por un mal de salud propia que, sin dudas, significó un mal de salud de toda la sociedad argentina que ya la veía como la única esperanza de ser escuchados. 

La enfermedad comienza a mostrar sus signos y está indudablemente presente en las palabras y las acciones del discurso del acto del 17 de octubre de 1951 que parece, y realmente será, una despedida.

Su última aparición pública fue el 4 de junio de 1952, día en que Perón juraba por segunda vez como presidente de la Nación. Le fabricaron un corsé de yeso y alambre para que pudiera mantenerse erguida -que cubrieron con su tapado de visón- y le aumentaron las dosis de morfina. De esta manera soportó de pie en un Cadillac descubierto, el trayecto entre el Congreso y la residencia presidencial saludando con su brazo en alto a las miles de personas que se agolparon en la Avda. de Mayo para verla pasar.

El 26 de julio de 1952 se terminaba su historia viviente y comenzaba el mito.

La voz oficial anunció su muerte por la radio que a las 20.25 hs.


Tomas Eloy Martínez lo explicó mejor en su libro “Santa Evita”.

Llovizna incesante sobre calles vacías, vidrieras a oscuras, los faroles de las calles cubiertos con crespones negros, no funcionaban los transportes. Se decretó duelo nacional por un mes y la obligación de mostrar señales de duelo. Cerraron los cines, los teatros y todos los espectáculos, las radios transmitían exclusivamente música fúnebre y los diarios orlaban su primera página con franjas negras. .

Fue velada durante 12 días bajo la Cúpula de la Secretaría de Trabajo. La acostaron en un féretro con tapa de vidrio y la cubrieron con un sudario blanco y una bandera argentina. Afuera la lluvia no se detenía y aquellos que querían despedirse esperaban diez horas, helados, empapados y hambrientos haciendo una larga cola que atravesaba cuadras y cuadras del centro de Buenos Aires. Medio millón de personas besó la tapa de cristal.

Sin dudas, Evita había entrado en el corazón de gran parte de los argentinos.

Embalsamada y hasta secuestrada por años, una de la mujeres mas famosa de la historia argentina, siempre continuó viviendo en el ideario de esta nación.

María Eva Duarte, como se llamaba al principio; Eva Perón, como se la conoció en sus últimos años; Evita, como el pueblo la bautizó, fue una figura que rompió todos los precedentes históricos y definió una modalidad política nunca vista hasta entonces. Durante el breve período de su actuación, al lado de Perón, fue el centro de un creciente poder y se convirtió en el alma del movimiento peronista, en su esencia y en su voz. Adorada y a la vez odiada por millones de argentinos, lo que jamás provocó fue la indiferencia. Y es ahí quizás donde Evita fue diferente al resto de los personajes que hoy son íconos de nuestra historia.

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