jueves, 18 de noviembre de 2010

DE APO PARA LEON


No me acuerdo la primera vez que escuche lo que decías, sin embargo si me acuerdo lo que me dijo mi hermano hace tantos años. Escuchá, negro, escuchá que está bueno.

Y estaba bueno aunque la calidad de grabación era mala, muy mala.

Desde ahí, hasta que te crucé en el club 77 de Morón un verano del 97, ya me había grabado en mi cabeza muchas de las frases que vos me habías regalado con la inconfundible melodia de una armónica que ni vos debes recordar desde cuando tocas.

Pero había algo, en tu mensaje, o en la forma de transmitirlo que me generaba algo diferente. Nunca fui de ir a recitales, pero había algo diferente en vos.

Sin creer en Dioses, te escuché con respeto decir lo que vos le pedías al tuyo, que también fue mío, desde ese momento. Y tu mensaje no me fue indiferente, ni tu armónica ni tu guitarra.

De a poco, me explicaste que la cotidianeidad gira y gira y que nunca está de más subirse a la colina de la vida, plantando semillas del corazón y redescubriendo a los viejos amores que nos recorren a diario, como laberintos de flores, aunque no se nombren.

Gracias por marcarme a los buenos y a los malos y por destacar la importancia de no olvidar lo que nos pasa, por avisarle al pueblo que los hombres de hierro deben quedar en la memoria, esa misma que despierta para herir a los pueblos dormidos que no la dejan vivir libre como el viento.

Siempre me dejaste en claro que cada día somos más lo que pensamos en otro destino, en otro país sin soles grises y mares rojos, y donde nos contemos aquello que nos hace llorar.

Siempre recuerdo cuando me contabas que tu pueblo azul era gris y que desde tu corazón muchas veces es mejor entonar una canción de Silencio antes que decir cualquier cosa.

A la luz del día, nos regalaste un fantasma que, según Charly, decía todas las verdades habidas y por haber.

Te definiste como un croto, siempre, y te pusiste en la piel del inmigrante sin dejar de pedir un poco de comprensión para entender al continente en silencio que a veces tenía tiempo de contar la historia de un tal Cachito, campeón del desconsuelo a la sombra de los turros de siempre.

Aún busco a tu viejo para decirle que estas bien, y agradezco lo que tengo a comparación del amigo Luis, al que ni el hambre ni la navidad comercial le saca la posibilidad de pensar en lo bello de la vida.

Nunca te olvidaste de los que pierden la inocencia, y tu voz de lucha no te privó de cantarle con amor a una tal Francisca, esa que tantas veces nos acompaño en silencio.

Al mismo tiempo, me enseñaste que la soledad no siempre se acuerda y que pensar en nada sirve, hasta ahí, donde la cultura nos permite ser mejores y nos da la sonrisa de una maestra, de un libro o de una flor.

Guajira Guantanamera, cantaste y me fuiste dejando una semilla en el corazón, que seguramente le transmitiré a mis hijos, para no repetir el embudo que algún corrupto dejó estampado en nuestra tierra.

Y le seguiste pidiendo a Dios, en Quechua y tantos otros dialectos, que desde Usuhaia a la Quiaca te ocupaste de transmitir, con la calidez de tu persona y la voz de tantos artistas desconocidos hasta entonces.

Nos convertiste en Salierys de Charly, todos los días un poco, y nos hablaste con tus mensajes del alma para que sepamos que pese a las diferencias, somos todos del mismo barro, esos que a pesar de las buenas y las malas no se olvidan de la deuda que lleva más de cinco siglo de igual desigualdad.

Como un tren seguis pasando, recordando al imbecil y al arrepentido, y enseñandonos en la voz del señor Durito que en esta globalización todos los globos se revientan.

Y Ojo con los Orozco, y con los Bandidos Rurales, que tienen tan mala prensa hasta que vos, el verdadero ídolo de los quemados, los trataste de igual a igual, y ni así se olvida de las madres del amor, que tanto nos dieron y tanto nos darán.

No reservaste un nido en las nubes, nos contaste de Juan, que por suerte ya no es el último aparecido, y nos explicaste la importancia de decir por favor, perdon y gracias a todos los Mugicas, a sus guardianes y al eterno Angel de la Bicicleta.

Te jugaste el lomo por Tejerina y te criticaron por el minuto grabado junto al Pato Fontanet, pero se olvidaron que siempre cantaste para la vida.

Te hiciste un Demente y por partida triple me emocionaste con tu mundo alas.

Cantaste para una Telefónica y donaste todo a un Hospital de niños. Llenaste muchos teatros y nunca dejaste de hacer algo en beneficio de los que te necesitaban.

Viste hambre y juntaste comida, viste artistas con alguna capacidad diferente y los subiste al escenario. El laburo de muchos, la humildad de nadie.

No se, hay algo que no es común en artistas como vos y ni en cuasi espectadores como yo. No fui a muchos recitales en mi vida, pero en pocos a los que si lo hice no estabas vos.

Quizás fueron las noches del Hangar, o las veces que me llevaste a la Plaza a cantar con las madres o los festivales barriales, o la vez en Rosario, o esa vez en Ferro, o quizás cuando cantamos de igual a igual mirando el otro lado del gran charco…

La verdad no se, porque sabiendo tan poco de música en general, hay algo que me une a vos.

Sin embargo, no dudo en decirte que es, fue y será un gusto, León...un verdadero gusto.

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