domingo, 17 de julio de 2011

MICRO JUANA AZURDUY

Reivindicación. Necesaria y obligatoria. Pero sobre todo merecida. Porque esta patria continental llamada Latinoamérica también se construyó con la sangre, el sudor y las lágrimas de grandes mujeres. 

Es una reivindicación de género. Sí, claro que lo es. Un reconocimiento a inmensas e incansables mujeres, que intenta llevarlas de los márgenes de la historia al escenario principal. 

Vamos a centrarnos en una de ellas, quizás una de las primeras, que cumplió años ayer. Está vieja, pero recobró merecida vigencia a partir de vientos de cambio que soplan fuerte en América Latina, levantando el polvo aplomado de la historia oficial. 

Su nombre es Juana Azurduy, y hoy esta madre combativa convertida en leyenda cumple 231 años. 

Nació en La Plata, pero una Plata sin diagonales. Ese territorio actualmente lleva el nombre de Sucre, y forma parte de Bolivia. Lo cierto es que cuando Juana asomó su morocha cabellera y su piel mestiza fuera del vientre materno, La Paz estaba siendo sitiada por la revolución del mítico Túpac Amaru. 

Quien diga que las circunstancias en que nació y se crió Juana, no moldearon el carácter que después la convertiría en mito, probablemente se equivoque. Nació así, revolucionaria desde el minuto cero. 


Juana Azurduy, probablemente haya sido una de las primeras mujeres guerrilleras de América Latina. Llegó a conducir un grupo seis mil indios, gauchos, negros y mestizos, que defendió el Alto Perú y el Norte argentino, atacado por los realistas, una y mil veces. 

Juana era pueblo, era sangre americana oprimida luchando por su libertad. Quizás por eso, la historia oficial diseñada y decorada por Mitre, no le guardó un lugar de preferencia a su obra. Se sabe: su condición de mujer, de originaria, de mestiza, y de valiente guerrillera, era demasiado para aquellos que comían y repartían en Buenos Aires. 

Su historia al servicio de la patria grande, es fruto de su unión con Manuel Ascencio Padilla. Juntos, encadenados para siempre a un amor que duro toda la vida, se sumaron a la Revolución de Chuquisaca que el 25 de mayo de 1809 destituyó al presidente de la Real Audiencia de Charcas. 

Dos años después, los realistas volvieron a tomar control sobre el Alto Perú. La bravura de Juana y el poder de mando de Padilla ya corrían como rumor por tierras americanas. 

Fue por eso que los realistas confiscaron las propiedades de los Padilla, sus cosechas y sus ganados. Juana fue encarcelada junto a sus hijos, siendo rescatados luego por Padilla. 

Ni la prisión, ni la posterior muerte de cuatro de sus hijos en condición de familia fugitiva, logró detener una lucha cuyo único fin era la libertad de América. 


Corría 1813 cuando la valiente Juana conoció a quien ya era un libertador digno de admiración: Manuel Belgrano. La coincidencia de causas hizo que se embarcaran en la misión de soportar el asedio realista en el Norte argentino, para lograr la liberación de las Provincias Unidas del Río de la Plata. 

Azurduy y sus muchachos y muchachas atacaron y tomaron el cerro de Potosí, en marzo de 1816. Su actuación le valió el rango de teniente coronel, momento en el cual Belgrano le hizo entrega de su sable. También formó parte de los Gauchos Infernales de Güemes, otro héroe americano ninguneado por Buenos Aires. 

Nada fue gratis para Juana Azurduy. Además de sufrir la pérdida de cuatro de sus hijos, vio morir a su marido, a su compañero de lucha. Padilla murió rescatando a su mujer de las balas enemigas, un gesto de amor y grandeza. 

La cabeza de Padilla fue exhibida por los asesinos españoles en la plaza pública durante meses, como trofeo de guerra. El 15 de mayo de 1817, Juana recuperó la cabeza de su compañero, que el pueblo había convertido ya en símbolo de resistencia. 

En medio del fragor de acciones guerrilleras libertarias, una de las historias más emocionantes de Juana la cuenta empuñando una espada con una mano, y sosteniendo a su hija recién nacida con la otra, protegiendo el tesoro de la guerrilla. 

Dicen que el general español Goyeneche le ofreció una suma considerable de dinero para que abandone la lucha armada. La dignidad de Juana nunca estuvo en venta, su corazón se mantuvo imperturbable ante las tentaciones del capital, y por escrito le contestó: 

"Con mis armas haré que dejen el intento, convirtiéndolos en cenizas, y que sobre la propuesta de dinero y otros intereses, sólo deben hacerse a los infames que pelean por su esclavitud, no a los que defienden su dulce libertad como yo lo hago a sangre y fuego". 

Esa fue Juana Azurduy. 


Reivindicar la historia de Juana Azurduy es pelarse a rabiar contra el concepto de “Civilización y Barbarie” de Sarmiento, contra los Unitarios, contra el poder de Rivadavia, Mitre y Buenos Aires. 

Juana fue un héroe casi anónimo, ocultada por los intereses de la historia. Fue pueblo disputando el poder a los abusivos de ayer, hoy y siempre. Fue indio y negro embarrando sus patas con sangre opresora. 

La muerte de Güemes en 1821 la dejó tirada. Se sumió en una depresión tan profunda como la convicción que la llevo a ser quien fue. Y si la pobreza siempre es injusta, más lo es en el caso de Juana. Así se murió, sin techo, sin nada. 

Alguna vez, el gran Bolívar, la visitó junto a Sucre, y al salir le comentó a su compañero: “Este país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre”. 

Murió, como murieron San Martín, Moreno, Dorrego, Belgrano, Bolívar, Castelli, y tantos otros. Murió escondida debajo de historias falsas de patriotismo mercantil. Murió pobre y perseguida. 

Sin embargo, la llama de su leyenda ya había sido encendida mucho antes del 25 de mayo de 1862, cuando por cumplir 82 cerró los ojos y nunca más los abrió. 

Para el pueblo lo que es del pueblo. Y Juana es nuestra, y de cada corazón latinoamericano que pelea por su libertad, con el grito de guerra innegociable que nos heredó Doña Juana Azurduy de Padilla. Mujer. Guerrillera. Latinoamericana. 

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