martes, 4 de octubre de 2011

MICRO HIPOLITO BOUCHARD


 El micro Esquivando de la fecha, está dedicado a recuperar a un olvidado, un gran hombre que cayó, injustamente, en ese pozo negro y profundo que es el olvido. 

La historia argentina, y esto se extiende a la historia mundial, tiene algunos próceres malditos, o simplemente olvidados. 

Intereses espurios, los tambores ruidosos del ganador, o putos caprichos del destino, ocultan figuras y enaltecen otras con la misma poca sutileza. El sistema sabe de fagocitar. 

Nuestro héroe de hoy ni siquiera fue argentino. Quizás por eso las manuales de historia que leímos en el colegio, no dedican un solo apartado a su fantástica vida, al servicio de la patria. 

Nuestro héroe de hoy nació hace 231 años, a miles de kilómetros de estas pampas. Su nombre es Hipólito Bouchard, y asomó su cabeza el 15 de enero de 1780 en Bormes, cerca de Saint Tropez, Francia. 

De purrete nomás, se incorporó a la marina, y con tan solo 18 años peleó por su país contra Francia. Fue justamente en un barco de bandera gala que llegó al puerto de Buenos Aires en 1809, pocos meses antes de comenzar la Revolución de Mayo. 

Bouchard, trajo consigo ideas de la Francia liberal y anti monárquica, relacionadas a los preceptos de la Revolución de su país, la Toma de la Bastilla y toda esa historia. 

Y así comienza la historia de este corsario francés ¿Si yo les digo que años después terminaría izando nuestra bandera en la mismísima California, me creen? 

Esperen, esperen y les cuento. 


Entonces, tenemos a un Bouchard recién llegado al Puerto de Buenos Aires, semanas antes de la Revolueción de Mayo, con ideas de libertad y hermandad. Era previsible, entonces, que simpatice rápidamente con los miembros más radicalizados de la Junta, con Mariano Moreno a la cabeza del asunto. 

Y dados sus conocimientos en navegación y el arte de batallar en los mares, se puso a disposición de la Revolución, y el gobierno lo nombró segundo comandante de la recientemente creada flota nacional. 

Así, el 2 de marzo de 1811, en su bautismo de fuego, conocido como el Combate de San Nicolás de los Arroyos, Bouchard se inició en la defensa de nuestra nación, que aún no era tal. 

Capitaneó el bergatín “25 de mayo”, de 18 cañones y 108 hombres. Pero la famosa frase “técnico que debuta, gana”, no se aplica a la vida de este corsario. Bouchard cayó derrotado a manos de realistas españoles, de un poderío muy superior a la incipiente flota argentina. Pero la venganza vendría, más pronto que tarde. 

Pasados unos años, más precisamente el 3 de febrero de 1813, tuvo un encuentro fundamental. Como miembro del Regimiento de Granaderos a Caballos, conoció al ya afamado Don José de San Martín. 

El Libertador reconoció el valor del francés en batalla, y lo recomendó al Almirante Guillermo Brown, para intensificar el hostigamiento a la flota española en el Pacífico. 

Su vida cambió para siempre, y el mito comenzó a formarse. El 9 de julio de 1817, al mando de la fragata La Argentina, comenzó una campaña que duraría dos años, durante la cual golpeó a los realistas en aguas lejanas, una y mil veces. 


Con nuestro héroe navegando aguas misteriosas, el mitro trasciende la frontera del tiempo y nos cuenta que los triunfos sucedieron rápidamente. 

Ya en octubre, la nueva flota argentina apresó las primeras fragatas españolas y bloqueó el puerto del Callao. También bombardeó las fortificaciones de Guayaquil y hundió la fragata española Fuente Hermosa. 

Esas aguas misteriosas llevaron a Bouchard a lugares tan recónditos como Madagascar, donde frustró el tráfico de esclavos africanos que estaban embarcando en tres buques ingleses, y uno de bandera francesa.

Otro destino curioso en la historia del corsario fue Filipinas, en Asia, donde Bouchard y su tripulación boicotearon el tráfico comercial con los buques españoles, y se bombardearon con cinco buques de piratas malayos, que intentaron asaltarlos. 

Un apasionante combate se dio contra los piratas. Fue la mañana del 7 de diciembre, cuando una de las cinco naves se abalanzó sobre La Argentina. Bouchard prefirió no utilizar los cañones, e impuso el combate cuerpo a cuerpo. Tras derrotarlos, tomaron la nave y vieron huir despavoridas a las cuatro restantes. 

Los capturados fueron condenados a muerte. Permanecieron en la nave y vieron como Bouchard y sus hombres la bombardeaban a distancia. Algunos de ellos corrieron con mejor suerte, y se sumaron a la tripulación de La Argentina. 

Sucesos como estos, son únicos en la historia argentina. La flota de Bouchard y Brown comenzaba a ser temida en las aguas del mundo. Y por ese espíritu libertario fue que Bouchard nunca se quedó quieto. 

¿No me cree? Le cuento, entonces, de otra aventura de nuestro corsario, nada más y nada menos que en Hawái. En aquellas islas paradisíacas, se entrevistó con el rey Kamehameha, conocido como el Napaleón de la Polinesia, y firmó un tratado donde la autoridad de las islas reconoció la incipiente independencia argentina.

Además del reconocimiento, Kamehameha proveyó a Bouchard de 100 marinos y le devolvió la goleta Chacabuco, que había sido capturada por sus hombres tiempo atrás. Bouchard hizo historia en Hawái.


Faltaba un hito más en la vida de Bouchard, un momento que marcó su fama para siempre. 

Después de su estadía en Hawái, La Argentina puso proa al norte y llegó hasta California. Por entonces, su capital era Monterrey, y allí piso tierra firme el 22 de julio de 1818. 

Después de trenzarse en duros combates con las fuerzas colonizadoras, Bouchard y sus 200 hombres lograron tomar el fuerte, el depósito de artillería, la casa del gobernador, y cuanto establecimiento tuviera bandera española. A todo, echaron fuego. 

Durante seis días, Bouchard y sus hombres tuvieron sitiada toda la ciudad, e hicieron flamear la bandera celeste y blanca. Así es, California fue Argentina por un rato. 

Pero el mito siguió alimentándose, no se quedó ahí. Otros poblados españoles de California fueron tomados, así como el puerto de San Blas y la ciudad de Acapulco, en Méjico. 

Guatemala también agradeció el paso del corsario, que ayudó a liberar las tierras americanas destruyendo Sonsonate y capturando embarcaciones realistas. 

Lo propio hizo Nicaragua, donde Bouchard tomó Realejo, el principal puerto español en los mares del sur, y se llevó cuatro buques. 

El 9 de julio de 1819 llegó a Valparaíso, justo a tiempo para unir fuerzas con la flota que San Martín preparaba para recuperar Lima. Pero fue encarcelado y saqueados sus barcos. La Argentina terminó con un pobre destino: fue barco de transporte, y finalmente vendida como leña. 

El saldo de esta increíble e injustamente poco conocida travesía, fue de 13 combates navales, 26 buques enemigos capturados o destruidos, 4 barcos negreros decomisados y liberados, combates con fuerzas españolas, inglesas y estadounidenses. 

Definitivamente no es Mitre una fuente confiable de la historia. Su maniqueo a favor de los grandes poderes ha arruinado nuestra historia oficial, obligándonos a revisar nuestro pasado. 

Pero antes de que Bouchard muera en Perú, el 4 de enero de 1837, el alguna vez presidente escribió: "Una campaña de dos años dando la vuelta al mundo en medio de continuos trabajos y peligros, una navegación de diez o doce mil millas por los más remotos mares de la tierra, en que se domina una sublevación, se sofoca un incendio a bordo, se impide el tráfico de esclavos en Madagascar, se derrota a piratas malayos en Macasar, se bloquea a Filipinas, anonadando su comercio y su marina de guerra, se domina parte de Oceanía imponiendo la ley, a sus más grandes reyes por la diplomacia o por la fuerza; en que se toma por asalto la capital de la Alta California, se derrama el espanto en las costas de México, se hace otro tanto en Centro América, se establecen bloqueos entre San Blas y Acapulco, se toma a viva fuerza el puerto de Realejo apresándose en este intervalo más de veinte piezas de artillería, rescatando un buque de guerra de la Nación y aprisionando o quemando como veinticinco buques enemigos…"

A su retiro, Bouchard fundó un ingenio azucarero en unas estancias que el Gobierno de Perú le había adjudicado. Sus esclavos recibían un trato violento por parte del corsario, que terminó con uno de ellos asesinándolo el 4 de enero de 1837. 

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