martes, 10 de enero de 2012

SUP

Hace 18 años, en Chiapas se despabilaba la modorra mejicana y la resaca del año nuevo de 1994 sufría el tormento del movimiento. 

El Ejército Zapatista de Liberación Nacional se levantaba demandando justicia y derechos para los pobres, los oprimidos, los explotados, y los aborígenes de Méjico. 

El negro pasamontaña y la pipa escupiendo humo se hicieron estampita. El Subcomandante Insurgente Marcos ganó la selva y envió su mensaje: “¡Hoy decimos basta!”. 

Así se tituló la primera declaración de la Selva Lacandona. 

Desde ese día, una estrella roja y latina brilla en el cielo de “los que nada tienen, de los condenados al silencio y la ignorancia, de los arrojados de su tierra y su historia por la soberanía de los poderosos...”. 

Libertad, justicia, democracia. 

Para tod@s todo. 


Dice Durito que la vida es como una manzana. Y dice también que hay quienes la comen verde, quienes la comen podrida y quienes la comen madura. 

Dice Durito que hay algunos, muy pocos, quienes pueden elegir cómo se comen la manzana: si en un hermoso arreglo frutal, en puré, en uno de esos odiosos (para Durito) refrescos de manzana, en jugo, en pastel, en galletas, o en lo que dicte la gastronomía. 

Dice Durito que los pueblos indios se ven obligados a comer la manzana podrida y que a los jóvenes les imponen la digestión de la manzana verde, que a los niños les prometen una hermosa manzana mientras se la envenenan con los gusanos de la mentira, y a las mujeres les dicen que les dan una manzana y sólo les dan media naranja. 

Dice Durito que la vida es como una manzana. Y dice también que un zapatista, cuando está frente a una manzana, le saca filo a la madrugada y parte la manzana, con certero golpe, por la mitad. 

Dice Durito que el zapatista no intenta comerse la manzana, que ni siquiera se fija si la manzana está madura, o podrida, o verde. 

Dice Durito que, abierto el corazón de la manzana, el zapatista toma con mucho cuidado las semillas, va y ara un pedazo de tierra y las siembra. Después, dice Durito, el zapatista riega la matita con sus lágrimas y sangre, y vela el crecimiento. 

Dice Durito que el zapatista no verá el manzano florecer siquiera, ni mucho menos los frutos que dará. 

Dice Durito que el zapatista sembró el manzano para que un día, cuando él no esté, alguien cualquiera pueda cortar una manzana madura y ser libre para decidir si se la come en un arreglo frutal, en puré, en jugo, en un pastel o en uno de esos odiosos (para Durito) refrescos de manzana. 

Dice Durito que el problema de los zapatistas es ése, sembrar las semillas y velar su crecimiento. 

Dice Durito que el problema de los demás seres humanos es luchar para ser libres de elegir cómo se comen la manzana que vendrá. 

Dice Durito que ahí está la diferencia entre los zapatistas y el resto de seres humanos: Donde todos ven una manzana, el zapatista ve una semilla, va y prepara la tierra, siembra la semilla, la cuida. 

Fuera de eso, dice Durito, los zapatistas somos como cualquier hijo de vecina. Si acaso más feos, dice Durito, mientras de reojo mira cómo me quito el pasamontañas. 

Subcomandante Insurgente Marcos. 
Desde alguna madrugada del siglo XXI.

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