domingo, 13 de mayo de 2012

NOSOTROS


Por Facundo Bianco

Los sucesos trascendentes ponen en evidencia diversas conductas sociales, que reflejan pasado y presente de las sociedades, y brindan indicios sobre el futuro. Y todo pareciera resumirse, finalmente, en un hecho cultural.

Pasó (y sigue pasando) el gran revuelo de YPF. Y así hubiera pasado cualquier hecho que cargue con la envergadura de éste, el análisis hubiese arrojado los mismos resultados.

De este suceso se puede discutir cualquier cosa, pero no su trascendencia. Y tampoco, su condición de revelador.

Reveló, por ejemplo, que está vigente el cipayismo hecho y derecho, con todas sus letras.

Esa necesidad de un sector de la sociedad de ponerse bajo el ala de los civilizados y poderosos, de no animársele al patrón. No ya al patrón de adentro sino al patrón de afuera, en términos netamente coloniales.

Algo parecido al instinto animal que acerca a los cachorros al pecho de sus madres. Funciona de la misma manera, pero con algunas gotas de perversidad y cinismo declarado e importado.

Quizás suceda por cargar en la espalda con el síndrome de aspiración, el sueño que endulza el inconsciente haciendo creer que algún día llegará a sentarse en los sillones más cómodos.

O será, tal vez, la cretina seguridad de que aquellos son mejores. Vaya uno a saber.

Pero no es la única conducta que se revela. También están aquellos que viven ese mandato (casi genético) de aferrarse moralmente a lo secundario, sin querer percibir que dejan lo realmente importante en un plano inferior. Un laberinto con final conocido: entran con valores libertarios y salen apelotonados en el bolsillo del gigante.

Es el idealista errático al que solo una revolución planetaria lo haría feliz. De ahí para abajo, nada. No se permite compartir vereda con nadie, lo que inevitablemente suele ponerlo más cerca de sus reales adversarios. Queda preso de sus banderas.

Decirlo es tan penoso como real: en el mundo en el que vivimos, pensar la política solamente en términos de valores morales y éticos, es un error funcional a aquellos que velan porque las cosas no se modifiquen.

Casi contrapuestos, aunque no tanto, se revela también la conducta de un sector que en su misión de la patria liberada no se permite el más mínimo cuestionamiento. No hay grises, no hay lugar para tibios. A torta o caca. Siempre.

Y el riesgo está en que en ese torbellino militante se acortan las distancias necesarias para que el panorama se despliegue y aparezca el espíritu crítico, tan necesario. Estos, también, quedan presos de las banderas.

También es justo decir que existen algunos que intentan poner distancia de los acontecimientos, sin dejar de poner el cuerpo. Creen, necesariamente, que hay aristas de un mismo tema que tienen mayor importancia que otras. Ponen el foco donde lo creen conveniente, sin desconocer el resto de los elementos.

Para terminar, imposible olvidar. En un rincón no tan alejado está también la imbecilidad en su más concreta expresión: el padre preocupado que se levanta de madrugada, ve a su pequeño bebe en la cuna y llora por su futuro, atormentado por un Estado panóptico que va por todo, incluso por el combustible que usan los camiones que transportan la leche que toma la pobre niña.

En fín…

Ojalá que el avispero se siga moviendo, y nos siga contando un poco más sobre nosotros mismos.

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