domingo, 18 de noviembre de 2012

POST #8N


Por Facundo Bianco

El #8N dejó, a la vista de un análisis que se pretende racional, varias cosas que valen la pena destacar.

Por un lado se vio, como no se evidenciaba hace años, una capacidad de movilización importante en los principales núcleos urbanos. Una parva de gente, digámoslo.

Por fuera de las ciudades, en la gran mayoría de los lugares a lo largo y ancho de nuestra Argentina, el pueblo habrá seguido (o no) los acontecimientos, con mayor o menor interés, por los medios de comunicación. Pero sin participar.

Una masa de ciudadanos, con reclamos de los más heterogéneos, logró consensuar tan solo un concepto, de todos los muchos que se han convertido en grito y pancarta. Y ese concepto manifiesta, clara y, a esta altura, indiscutiblemente, que no se bancan las políticas kirchneristas, ni a los kirchneristas, ni nada que se la parezca, o comience, siquiera, con K.

Hasta ahora, esa base de pensamiento común no alcanza más que para juntar ante el espanto. De ahí a una propuesta, un plan de gobierno, una idea (descartando aquellos que proponían meterle un balazo en la cabeza a la yegua montonera), un abismo.

Para que todo esto tome real dimensión, deberá plasmarse políticamente, en el sentido de la representación. Mientras no haya un actor político capaz de aglutinar todos estos reclamos, los de Acoyte y Rivadavia no pasarán de allí.

Pero desde esa base de pensamiento, que logró unir y amalgamar a Biondini con trotskistas, a Pando con militantes ecologistas, y al Rabino Bergman con Barreda, se movilizaron ciudadanos de a pie con pretensiones de autoconvocados, apolíticos, y guardianes eternos del reservorio moral y patriótico.

Ni muy muy, ni tan tan.

La primera pretensión de los manifestantes, eso de creerse autoconvocados, cae por su propio peso. Ya sea por el fogoneo obsceno de los grandes grupos económicos y mediáticos que están en guerra contra la actual administración, o por la recurrente aparición de políticos del arco opositor, que se manifestaron a favor de la marcha y convocaron entre llantos y vehemencia.

Pero hay algo detrás de esa necesidad de repetir, hasta el hartazgo, que la suya se trata de una convocatoria espontánea y apartidaria. Por un lado, tiene que ver con el ya viejo prejuicio de los militantes pagos, aquello del chori y la coca. Llenan la Plaza de vagos, acarrean a las masas, van por el plan, etc. Gorilaje en estado puro, o Idiotez indisimulable. Ambas, en el peor de los casos.

Por el otro, lo de marcha apartidaria tiene un claro mensaje, no solo para el oficialismo, sino también para una oposición que, desde hace años, no logra capitalizar un solo suceso en beneficio propio, si de aumento en el caudal de votos se trata. Es el fracaso de los partidos, la crisis de representación que se siente a todo nivel, pero mucho más en aquellos que hoy se paran en la vereda de enfrente del kirchnerismo.

Sin embargo, y aún sin lograr arrastrar agua para su molino, todos los opositores se manifestaron con intensidad en las últimas semanas, y mucho más ayer. Siempre a favor de la constitución, de salvar la democracia, o cuantas consignas creyeron pertinentes para aprovechar la coyuntura. Si hasta Carrió volvió a la tele…

La segunda pretensión, este frecuente argumento de muchos que manifiestan sentirse apolíticos, se desmorona como un castillo de naipes en plena sudestada. Todo, desde el agua que tomamos y los caramelos que compramos, hasta el sufragio que emitimos en elecciones, tiene su carga política.

No vale ahondar en los intelectuales que desarrollaron o adhieren a esta teoría fáctica y concreta, pero este punto me resulta simplemente indiscutible. Política se hace a cada paso, y el que no lo asuma estará ensuciando la lente con la que observa todos los días. Problema suyo, en fin.

Tercera, aunque no última, está la pretensión de los caminantes de creer que en su acción de todos los días se encuentra el reservorio moral de la patria, al que deben cuidar celosamente de las pestes que se elucubran puertas adentro de los estamentos de poder.

Algunas consideraciones.

Sin ánimo de resignación, si no más bien realista y pragmático, les doy la bienvenida a un mundo donde el poder, en todas sus formas, es naturalmente corrupto. En la esencia del poder se encuentra la corrupción, es genético y comprobable.

No se trata de tirar la toalla y dejarse vencer por la mugre. No. Pero a ver quién se anima a negar que, su preocupación por la corrupción, nace cuando quiere y contra quien quiere. Incluso aquellos de conducta intachable e impuestos al día (que no son muchos por estos pagos), que se ven ofuscados por la corrupción de la administración actual, no muestran mayor preocupación por los balances fantasmas de las prestadoras de servicio, los desmanejos del club de sus amores, o si la directora de la escuela a la que asisten sus hijos tiene a los empleados de maestranza en negro.

Entonces, ¿el problema es realmente moral? ¿o será que el problema no es la corrupción en sí misma, si no quién y cómo la lleva adelante, y cómo sentimos que ello nos afecta?

¿Será que lo que realmente molesta no es la corrupción?

Analizadas estas cuestiones, y dejando de lado otras tantas, vimos pasar el #8N como la expresión de un sector de la sociedad que se ve afectado, que no está acostumbrado a salir a la calle en plan de lucha, salvo contadas excepciones, y que basó sus reclamos en consignas tan amplias como disimiles.

Ni más ni menos que eso. No es mucho, tampoco es poco. Resulta menester considerarlos, para el oficialismo, y no quedarse solo con la tribuna local. Estaría incurriendo en un error. El mismo error que cometería dándole una entidad exagerada.

Por último, considero una pena que la gran mayoría de las consignas y los reclamos, así como el calor que los llevó a movilizarse, haya tenido una orientación individualista, clasista y egoísta.

En cambio, bienvenido hubiese sido que el kirchnerismo fuera corrido por izquierda. Bienvenidos los reclamos por López, Arruga, Ferreyra, los QOM, la maldita policía, la tragedia de Once…

Reclamos que no sonaron en la Plaza. Tampoco en la 9 de julio.

No aparecieron el #8N, ni en banderas ni en pancartas.

Será porque estos reclamos no quisieron codearse con los otros.

O será porque no le corresponden a una clase media que, otra vez (y van…), ha decidido mirarse el ombligo.

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