viernes, 18 de enero de 2013

EL HOMBRE SIN CABEZA


Por Juan Forn, para Página/12

Venezolanos desterrados por el despótico gobierno del Cabito Gómez había unos cuantos en la isla de Curaçao, en 1914. Pero sólo a uno se le ocurrió subirse a un barco rumbo a Europa en cuanto se enteró de que había estallado la Primera Guerra Mundial. Lo increíble de Rafael de Nogales Méndez es lo que hizo al desembarcar en Calais: se ofreció como voluntario a los franceses, pero lo rechazaron; fue a los ingleses y de ahí a los belgas y, para su estupor, pasó lo mismo. Ni siquiera la pequeña República de Montenegro quiso sumarlo a sus filas. La guerra llevaba más de seis meses cuando Nogales desembocó en la embajada turca en Sofía, capital de Bulgaria, y logró por fin ser aceptado como oficial en un ejército, sólo que se trataba del ejército otomano, aliado de Alemania en la guerra.

Es momento de decir que Nogales Méndez hablaba seis idiomas, había estudiado en academias militares prusianas y belgas desde que tenía siete años, a los diecisiete se enroló como alférez en la armada española que fue derrotada por Estados Unidos en Cuba, logró huir a México, trabajó como vaquero en Arizona y cazó osos en Nevada hasta que un día de 1903, en San Francisco, vendió su caballo y sus armas y se embarcó a Shanghai, donde se hizo espía de los chinos en su guerra contra los japoneses, pero pronto cambió de bando y pasó a ofrecer sus servicios a los triunfantes nipones en la guerra con Rusia. En Vladivostok sintió que había perdido el interés y cruzó a Alaska, donde cazó ballenas con los esquimales, se hizo buscador de oro y fue bajando por la costa hasta México, donde dicen que ayudó a Pancho Villa o fue mero contrabandista de armas. Lo cierto es que juntó dinero suficiente para volver a Venezuela, dispuesto a derrocar a Gómez. Pero el plan salió mal; nadie le creía en su país: hablaba con acento alemán el castellano, contaba aventuras inverosímiles, usaba galera y espuelas, ¿qué clase de patriota podía ser? La quijotesca aventura terminó en huida apresurada, con precio a su cabeza. Nogales Méndez mascó impotencia en Curaçao hasta que supo de la guerra en Europa y terminó combatiendo en el bando contrario al que se proponía apoyar originalmente.

Al mando de doce mil soldados otomanos, que lo llamaban Nogales Bey, frenó a los rusos en la frontera norte y luego a los ingleses en la frontera sur del imperio. Pero en el medio asistió a la matanza de armenios perpetrada por los turcos en la ciudad de Van. No hubo oficiales austríacos ni alemanes en esa acción; él era el único occidental, y pronto comprendió su incómoda situación. “Fui secretamente sentenciado a morir por veneno, cuchillo o bala. Sabía demasiado. Había presenciado escenas de las que ningún cristiano debía ser testigo.” Nogales Bey pidió la baja; para entonces era general de brigada para el ejército otomano y había recibido la Cruz de Hierro del Kaiser, pero Europa ya era de los aliados y él tenía que poner la máxima distancia posible de la larga mano de los turcos.

Tenía 42 años cuando volvió a su país y fue escarnecido por su participación en la guerra del lado equivocado. Se recluyó en un pueblo cerca de la frontera colombiana y dedicó casi una década a escribir sus memorias, en varios tomos. El más conocido es el que abarca su período otomano, Cuatro años bajo la Media Luna, que se publicó a principios de los años ’30 en Alemania y luego en Inglaterra, y dejó insatisfechos por igual a turcos y armenios, porque afirmaba que la matanza había tenido lugar pero que el responsable no era el ejército turco sino las gendarmerías locales y los batallones civiles compuestos por gendarmes y prófugos de la Justicia. Cuando le prohibieron publicar sus memorias en Venezuela, cruzó a Nicaragua, donde conoció a Sandino y, a los cincuenta años, encontró una última gesta a su medida. Dicen que Sandino mismo lo convenció de que, en lugar de pelear, diera testimonio al mundo de lo que pasaba. Al menos eso dijo Nogales en las crónicas sobre el saqueo norteamericano en Nicaragua que logró publicar en forma de libro en Nueva York (y le valió a la editorial un demanda judicial que la llevó a la quiebra).

Volvió a Venezuela cuando cayó Gómez, pero el nuevo gobierno no le tenía mucha confianza: primero le ofreció un puesto en aduanas; cuando él lo rechazó, ofendido, lo mandaron en misión absurda a Panamá, donde nomás llegar se pescó una pulmonía y murió. Con un cheque que encontraron en sus bolsillos pagaron el ataúd y el traslado en barco a Venezuela. El féretro estuvo ocho días abandonado en el puerto de La Guaira, antes de que un periodista avisara a los parientes y le evitase la fosa común. Fue enterrado sin honores ni ceremonia, pero el Kaiser alemán, desde su exilio en Holanda, envió una corona de flores con la leyenda: “A Rafael de Nogales Méndez, general en la gran guerra, caballero más valiente y noble no he conocido”. Uno puede leer las mil quinientas páginas de sus memorias pero nunca sabrá a qué se debieron los inexplicables virajes de su insólito itinerario. Nogales nunca practicó la reflexión introspectiva. En sus palabras: “El mundo interior no existe para el hombre de acción”.

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