lunes, 4 de marzo de 2013

ONCE


Por Facundo Bianco

Un año.

Un año que son muchos.

Como las víctimas.

No solo porque la injusticia disminuye la velocidad del paso del tiempo, sino también porque el germen del problema nació hace bastante tiempo más atrás que el último febrero.

Al que adolece, al que sufre la pérdida de un ser querido, o su propia herida, esto del germen puede no importarle.

Pero a los usuarios del transporte urbano, a los que todos los días le quebramos la cintura al destino y no terminamos estrolados contra el andén de cualquier estación por obra y gracia de los astros, debe importarnos.

La tragedia ferroviaria no empezó en Once, sino que data de mucho tiempo atrás.

La historia de nuestros trenes, sobre todo desde 1976 en adelante, tiene en su palmarés la destrucción, el vaciamiento, el desguace, el olvido y la corrupción.

Fueron años y años en los que el sistema entero fue empeorando a pasos agigantados.

Un sistema que vivió en los noventa un ocaso precoz, y vio acelerar su destrucción en un siglo XXI que no fue promisorio. Por lo menos, para una actividad que supo ser orgullo durante la primera mitad del siglo XX.

Por el contrario, en un período de crecimiento económico que fue de los mejores de nuestra historia, el kirchnerismo mantuvo el mismo sistema de concesiones ideado en la dictadura e implementado en los ‘90.

Incrementó subsidios pero jamás incrementó el control.

Continuó con un Estado que fue socio, por negligencia o mera tranza  del desguace ferroviario que no terminó con 51 muertes, y cuya seguridad camina la cornisa entre el milagro y la tragedia, todos los días.

Funcionarios, empresarios, y sindicalistas convertidos en millonarios, se enriquecieron con rieles ensangrentados y vagones en forma de acordeón.

Todos le contaron las costillas al tren, y comieron de sus hierros.

Hoy, el mismo tren que supo ser una red envidiable, que más allá de su nacimiento británico, fue eslabón clave del Estado y resistencia fundamental en épocas oscuras, es la sombra de lo que fue.

Después de una tragedia más que previsible, la Justicia pareciera actuar en tiempos que desgraciadamente nos resultan novedosos, y el Gobierno pareciera haber tomado cartas en el asunto.

Pero las víctimas no están, y los cambios aún no se notan.

Cuando el Estado desprotege y asesina, se vacían los discursos y es difícil encontrar consuelo.

Y en esa falta de consuelo está la puta premonición de que, a fin de cuentas, van a ser pocas las cosas que se resuelvan.

Nada cambiará, por ejemplo, en tanto no logremos comprender que el crimen de Mariano Ferreyra, a manos de la burocracia sindical y su fuerza de choque, tiene el mismo foco infeccioso que la tragedia de Once, el mismo entramado cruel y amoral.

Nada cambiará, tampoco, mientras exista una terciarización laboral abusiva en los derechos de los trabajadores.

Nada cambiará mientras la cara de alguno ni siquiera torne en un leve colorado, cuando realiza un concreto uso político de las víctimas, monumento mediante, causando repulsión.

Tampoco, mientras alguna omita referirse a la tragedia y a sus víctimas, creyendo que con la omisión se borra lo ocurrido.

Y nada cambiará, finalmente, hasta que los laburantes, estudiantes y ciudadanos de a pie, no recuperemos un reclamo que es digno y básico.

Con los trenes, también debemos decir Nunca Más.

Porque, aunque no lo parezca, no perdemos las esperanzas.

Por lo menos, de que el próximo tren llegue a destino.

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