domingo, 14 de abril de 2013

AGUA


Por Facundo Bianco

Agua por todos lados.

Un paisaje desolador, con el agua golpeando ventanas, arrastrando autor, tapándolo todo.

Agua donde no debió haber habido agua.

Flotan los cadáveres, los últimos suspiros de viejitos y viejitas, incapaces de nadar y de resistir la subida mortal.

Flotan historias, amores, rencores, broncas, abrazos, consuelos.

Porque no flotan solo las heladeras y los modulares, lo cual también es triste, pero podría ser reemplazado por otros bienes materiales, a través de distintos mecanismos que atinan a lavar las culpas de los otros.

Flotan fotos, recuerdos, amigos.

Flotan también identidades, esas pertenencias imposibles de valorar con los preceptos del puto cuento del business.

Los inundados perdieron todo.

Se lo llevó el agua.

Pero también la desidia política.

Una clase que se niega a realizar obras bajo suelo, donde no se ven, porque sólo vale lo que el votante pueda palpar rápidamente, lo que pueda convertirse en voto inmediatamente.

Representantes que no escatiman en esparcir un notable desprecio por la condición humana. Quizás, porque no consideren que aquellos de a pie sean tan humanos como ellos, los que nunca dan, sin antes haber pensado en cuánto van a recibir.

Y cuando ese desprecio se hace tragedia, surgen nuevas miserias en igual dirección.

Una cosa queda claro: se nos cagaron de risa en la cara.

Insultaron nuestra inteligencia.

Burlaron el sentido común.

Según el zapping que aquellos que zafamos hicimos en la catastrófica TV de esos días, podíamos ver a un intendente mintiendo desde un paraíso brasileño; una presidente que no puede evitar comparar su dolor ante la desgracia ajena, en una actitud que resulta sumamente cínica; una patota sindical revoleándole piedras a voluntariosos jóvenes que dan una mano, repitiendo lo peor de la historia; y hasta un jefe de gobierno ausente primero, falsamente consternado después, y finalmente pidiendo más días de vacaciones porque “tiene familia”.

Una verdadera fortuna la de él, que conserva a su familia, y no tiene que velar queridos y amados, entre humedad y olor a impotente lavandina.

No sería justo soslayar el siempre emocionante instinto de donación y colaboración, de una sociedad que, muy lentamente, recupera los lazos de solidaridad destruidos por la dictadura y el neoliberalismo.

El pueblo se mostró capaz de auto organizarse, de gestionar, de poner el lomo donde hay que ponerlo, cuando hay que ponerlo.

La militancia joven, una novedad del cambio de época, se mostró fuerte, unida y bondadosa. Cuando las cámaras, transportadoras del morbo desde el lugar del hecho a los hogares promedio, se retiren, seguirán allí los pibes, la buena gente.

Sin embargo, en esta vereda por un rato, pero generalmente en frente, vale el palo para aquellos que ven despertar su neurona solidaria cuando la TV se lo demanda.

Aquellos que durante el resto de sus vidas se dedican a apuntar contra los negros, los jóvenes, los pobres, los putos, los chorros.

Los que sacan ventaja, siempre en perjuicio de todos.

Pero es cierto que, por estas horas, resulta secundario, y la coyuntura convoca a alentar la tendida de mano, el codo a codo y la organización popular.

Pero más allá de esta bienvenida ola solidaria, el Estado no debería rendirse a la bonhomía de una sociedad que, muy de vez en cuando, arranca en esta dirección. Ese gesto no es otra cosa que una derrota y la aceptación de la impericia.

El Estado debe hacerse cargo de su parte, su inmensa parte, y servir de paraguas protector para aquellos desplazados que pasan del poco a la nada y de la nada al poco, pero nunca tienen mucho.

Porque todos necesitamos del Estado.

Sobre todo aquellos a los que el Dios Mercado no protege.

Pero un Estado protector, que sirva de amparo, uno que cuide a la gente.

Argentina contabiliza muchas muertes al pedo (si es que alguna no lo es).

Muertes que parecen tener su autor intelectual en este sistema que desprecia la vida.

No permitamos que nos siga tapando el agua.

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