viernes, 24 de mayo de 2013

HDP


Por Facundo Bianco.

Unos cuantos nos estremecimos con la noticia.

Algunos lograron reconocer un poco de alegría en ese estremecimiento.

Otros, angustia, desolación.

Hasta miedo, ¿por qué no?

Si su nombre, si tan solo pronunciar su puto nombre, nos devuelve imágenes tan desesperantes, como difícil de poner en palabras.

Murió Jorge Rafael Videla, alma (si es que las dictaduras la tienen) de los momentos más tenebrosos de nuestra historia.

Videla no está más.

Nadie podrá decir ahora, sobre él, que “no está, no existe, no está ni vivo ni muerto; está desaparecido”.

El tirano existió.

Su familia sabe que está muerto, sabe dónde lo enterraron.

Le llevarán flores, humedecerán la tierra que lo cubre con lágrimas de tristeza. Le dirán que lo extrañan, que lo quisieron y lo querrán.

Eso, que no es poco, lo separa del calvario al que sometió a tantas familias, que todavía no encuentran a sus desaparecidos.

Y también existen hechos que nos separa a todos nosotros de este emperador de la muerte.

Porque no murió picaneado.

No murió torturado, ni arrojado al Río de La Plata desde un helicóptero.

Murió juzgado, condenado, encarcelado.

Pero sobre todo, murió humillado, repletas sus venas del veneno que le generó vernos, a todos nosotros, ver esta Argentina que vamos construyendo a los ponchazos.

La peor desgracia para el desgraciado, fue tener que presenciar, encerrado, una democracia fuerte.

Incompleta e injusta.

Pero fuerte.

Una democracia donde los demonios como él, ya no tienen lugar.

Es cierto, se lleva consigo un sinfín de valiosos secretos.

Información a la que quizás nunca logren acceder esas madres y abuelas del amor, que siguen esperando, estoicas, el abrazo ausente antes del adiós.

Y, en cambio, el muy cínico nos deja los fantasmas, la ausencia incurable, y el indescriptible sentimiento de no saber quién se es en realidad.

Entre las tantas menciones a Videla, y las reflexiones a partir de su muerte, que aparecieron por estos días, una imagen me resultó tan descriptiva como honesta.

Ninguno de nosotros sabe, a ciencia cierta, si existe realmente el infierno.

Pero hemos creado, en nuestro inconsciente colectivo, un infierno donde van a parar cada uno de los peores ejemplos de nuestra raza.

Los Videla, los Martínez de Hoz, los Massera, los Aramburu.

Allí encerramos a cada una de las bestias que nos arrancaron la inocencia.

Bestias que no nacieron de la ingeniosa pluma de alguien, sino que fueron producto de estas fértiles pampas, que a veces le erran al aro.

Es importante, para fortalecer nuestra memoria, humanizar su figura (justo él, que no fue ni derecho ni humano), saber de dónde salió, por qué, cómo, cuándo…

Saber quiénes lo abrazaron y lo protegieron, lo vitorearon y lo fogonearon.

Y también, quienes evitaron arrodillarse ante su sable.

Solo así, nuestra memoria nos protegerá de tormentos futuros.

Para terminar, encuentro en esta muerte una buena oportunidad para despabilar a algunos distraídos, con una aclaración pertinente para las horas que corren.

Boludo promedio: “Dictadura” es la que llevó adelante el hijo de puta fallecido, Jorge Rafael Videla.

Por favor, haga un uso correcto de la palabra.

Gracias.

Chau asesino.

Este argentino no te olvida, y te desea el peor de los viajes, al peor de los infiernos: el infierno de la memoria colectiva.

Videla, Nunca Más.

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