viernes, 14 de junio de 2013

EL ROJO NUNCA ME FALLO


Por Juan Ignacio Apogliessi

Un deporte guarda en su lógica los mas variados matices que hacen que esa lógica deje de ser tal en un sentido objetivo. Cada cual lo vive como quiere... o como puede. Y eso, si lo llevamos a la práctica en el deporte mas lindo del mundo, estamos obligados a dejar de hablar de lógica. Pero bueno... el fútbol nunca fue algo parecido a eso que llaman Lógica, eso lo sabemos todos.

Así de idiotamente reflexivo me desperté una mañana de estas y mientras me dignaba a levantar, el cielo raso me hacía de único y silencioso interlocutor.

Me levanté, con dolor, vigilé que el pequeño que dormía en su cuna este efectivamente haciendo eso, envidié a mi partener de catrera el poder descansar una hora más e improvisé el café batido que nunca me llega a salir aunque sea regular.

Habían pasado cuatro minutos cuando la pelota volvió a mi cabeza y con ella, me inundó esa sensación ya común en los hinchas de Independiente de esta última temporada:

-“Nos vamos”, grité y mientras me tomaba de dos sorbos ese café desastroso, me puse a llorar como un boludo.

Lagrimeando, como las últimas 100 mañanas, cacé la llave del tutu y me fui a laburar tratando de pensar en otra cosa que no sean las historias de la hazaña del 77 de la mano del Pato y el Bocha, o la final contra el Liverpool cuando, según uno en al cancha, Mandinga Percudani corrió mas rápido que una gacela en medio de una manada de leopardos...

Tenía que pensar en nada, como dice la canción, aunque por estos días era difícil.

Me subí al auto y a las dos cuadras me puse a putear por haberme comprado un vehículo con radio: “que el rojo no se salva, que se va a la B, que pierde la grandeza, que los de racing están armando una fiesta...”. La radio hablaba nada mas que de eso... y me puse a llorar otra vez, como un boludo.

Claro que las lágrimas no son eternas, por suerte, y existe un momento que por más dolor, los ojos dejan de humedecerse para empezar a arder, como forma que tienen las glándulas de decir: “basta, ya lloraste demasiado”.

Y eso que no había llorado demasiado para el dolor que sentía, pero si era mucho llanto para lo que me generaba esta boluda angustia. Y como el Bocha frente a la Juve de Dino Zoff, se me prendió la lamparita: ¿Por qué lloro? - pregunté y rápidamente me respondí que era por un fútbol cada vez mas mafioso, cada vez mas sospechado, cada vez mas violento y porque no, por un fútbol cada vez menos fútbol.

En ese trajín, me olvidé del promedio, de las cargadas y del futuro de mi equipo y me acordé de las doscientas sesenta y pico de victimas del fútbol, de los clubes endeudados, de los hinchas que se exponen, de los violentos que aprovechan, de dirigentes que se enriquecen, de causas que nunca prosperan, de la complicidad política, de las entradas de favor, del negocio de los trapitos, de la maldita policía, de padres que pierden a sus hijos en 90 minutos, de las desconfianzas de las leyes, de los terrores de las mafias, de amenazas constantes, de mandatos ilimitados, de operativos ineficientes, de medios entongados, de la destrucción social y del olvido de que el fútbol es un deporte, hermoso y popular, comprado por los poderosos y sufridos por los que fanatizados en un buen sentido, dejan su semana y hasta su año en pos de una victoria de sus once representantes.

Por todo eso yo estaba llorando, y tardé mucho tiempo en entender que irse al descenso es el resultado de un desliz deportivo y por lo que uno sufre, y mucho, pero que no debe tapar lo verdaderamente importante en la vida: Poder volver a casa y ver que el pequeño que dormía en su cuna ya no lo esté haciendo porque se levantó a jugar con su pelota de peluche y para poder envidiar a mi partener de catrera que al irse a acostar, tendrá una hora más para dormir mientras yo improviso un feo café.

El resto se soluciona. Y como me dijo un viejo: Nosotros vamos a volver, espero que haya muchos de los que ensuciaron el fútbol que, cuando eso suceda, ya no los volvamos a encontrar.

No garantizo no derramar más lagrimas, pero prometo economizar mis angustias en pos de lo verdaderamente importante.

Pase lo que pase, me voy a morir diciendo que Independiente nunca me falló.

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