jueves, 13 de febrero de 2014

PALOMO ETERNO


Por Juan Ignacio Apogliessi

Dicen los que saben, que el calendario fue impuesto como un modo de organizar en el tiempo las cosas que nos van pasando y asi poder contarle a otro que tal día, de tal año, a tal hora y en tal lugar, uno hizo o vivió tal cosa. Y así le damos rienda al día a día.

Y quizás eso permita que en este 2014, me remonte a un triste 2004, o me suba al De Lorean rumbo a un sublime 1994.

Esta es una historia, de ilusiones infantiles, futbol y triste final quizás, pero sepan con seguridad, que también se refiere a recuerdos que jamás olvidará quien les habla.

Ante todo aclaro que no voy a hablar de un simple jugador de futbol, sino que hablaré de lo que ese muchacho significó para mí. Todo lo que digo, es personal, y no supone nada más que la forma en que uno vivió una etapa de la vida.

Albeiro Usuriaga se empezó a meterse en mi cabeza el viernes 29 de abril de 1994, a la noche. El lugar? La Doble Visera.

Recuerdo que el Rojo jugaba con Ferro, un equipo difícil, y esa noche, como no podía ser de otra forma, Osvaldo, a quien nunca le dije papá, llevó al entonces portador de casi 9 años, a ver al Independiente de Miguelito Brindisi, candidatazo al título.

Esa noche formaba, casi de memoria, con Islas, Craviotto, Rotchen, Serrizuela, Rios, Cagna, Perico Perez, Desio (Gustavito López estaba lesionado), Garnero, Rambert y Él, el Gran Palomo Usuriaga, quien había llegado unos meses antes al Club pero que aún solo se destacaba por su altura, trencitas por doquier y los pergaminos bajo el brazo de una libertadores con el Atlético Nacional de Higuita y un golazo sobre la hora para que Colombia no mire el Mundial de Italia 90 por televisión. Nada mas ni nada menos.

Igual con la del rojo todavía no había demostrado nada. Si hasta el Grafico, mofándose de su pasividad en la entonces actualidad futbolística, decía que “El Palomo todavía no había aprendido a Volar en el futbol argentino”. Igual para mí era especial verlo correr, patear…Pero nadie acompañaba mi sentimiento aún.
Esa noche, de todas formas, fue mágica. Y más de uno se tragó las palabras esbozadas.

Promediando el segundo tiempo, el Colombiano entro al área que daba a la popular visitante, por el lado de la Erico, enganchó una y otra vez y, con la boba, le rompió el primer palo a un joven German Adrián Ramón Burgos quien ya se afianzaba en el arco de Ferro, pero que esa noche no tuvo nada que hacer.

Goool…Gol del Palomo Usuriaga… el primero vestido de Rojo, el primero en presencia de quien les habla, el primero en medio de ese estadio que se había mal acostumbrado a ver ganar todo.

Y pasó lo inevitable, la tribuna, compositora tenaz, genia de la inmediatez, comenzó a encender un fuego que nunca más se apagó: USURIAGA, USURIAGA, USURIAGA!!! Coreaba la gente, y el Palomo, respondía con su sonrisa blanca, que contrastaba con su piel y con el índice de la mano derecha arriba, señalando para quien era ese gol.


Pero pará, estaba señalando al lugar donde estaba sentado yo? Me está señalando a mí, pensé, me está señalando a mí, grité…Osvaldo, Osvaldo (recuerden que nunca le dije papa) el Palomo me dedicó el gol a mí, aseguré, aunque buscando la confirmación de mi procreador. Mi viejo me miró, y como quien no quiere sacarle el caramelo al nene, me dijo, sonriendo, Si, negro –así me llama el-, el Palomo te dedicó el gol a vos.
Desde esa respuesta, mi relación con Albeiro Usuriaga Lopez fue otra. No pasó una semana sin que no le exigiese a mi vieja que me lleve a la casa de deportes de a dos cuadras donde grababan números en las camiseta para que me pongan la 9 o la 11, los números que usaba el. Fue la 11 al final, la 9 no estaba.

No pasaba un partido donde jugara el, sin que le recordara a quien tenía cerca que ese negro que usaba trencitas, una noche me habia dedicado un gol a mí.

No había diario donde saliese él, que no recortara para pegar en mi cuarto.

Todavia recuerdo como me puteo mi viejo cuando le cortarrajee el poster de la Supercopa 95 donde el Palomo y Luisito Islas, sostenían el trofeo que nos regalaron dos años seguidos a la mitad roja de Avellaneda.

No sé, el Palomo pasó a ser uno de mis máximos ídolos y pasó a ser una insignia en mi forma de hablar de futbol.

Era un orgullo tenerlo en el rojo, era un placer verlo jugar, gritar sus goles, verlo tan de otro lado y tan nuestro.

Con el tiempo fui entendiendo que esa ilusión infantil de que me había dedicado el gol no era más que una manera de vincularme con alguien que en su paso por el club de mis amores significó un foco de alegría a lo largo de mi niñez, donde el futbol e Independiente ya eran una escala inevitable en mis días.

Fui creciendo y empece a ver a un Palomo en tiempos difíciles, descontrol, el doping, la suspensión, la desaparición de los primeros planos, algunos excesos y, en 2004, la peor noticia: Un mafioso de Cali se había enamorado de su entonces mujer, y eso fue suficiente para que en la noche del 11 de febrero mientras se divertía en un negocio de juegos de azar donde acostumbraba a pasar el tiempo con amigos, un joven se baje de una moto y le dispare varias veces, ocasionando su muerte inmediata.

Cuando me enteré, lo único que pude hacer es volver a revisar todos los recortes y encontré uno donde le preguntaban que era Independiente en su vida y donde respondía simplemente “el lugar donde fui feliz”. Me tranquilizo ver que en el primer partido del rojo después de la tragedia, la cancha no paró de corear su nombre aunque ya hacía 7 años que se había ido por la puerta de atrás. Un pecado. Pero le demostramos que tambien habiamos sido feliz con Usuriaga.

Pero repito, no se olviden, que no hablo objetivamente de un jugador de futbol, sino que hablo de todo lo que fue el Palomo en mi vida. Lo recuerdo con un cariño inconmensurado respecto al tiempo que vistió la camiseta del Rojo, con la certeza de que había sido culpable de tantas alegres tardes de futbol en la Visera, en compañía de mi viejo y mi hermano.

Gracias Palomo, por darme los motivos para expresar esto y por ese gol que miro una y otra vez en el video que me regaló Osvaldo después de conseguir la última estrella nacional del siglo 20 para mi club, en esos días en que te metiste en mi corazón por siempre.


Osvaldo, Osvaldo…no hay dudas, me lo dedicó a mí...El Palomo me lo dedicó a mí...

Hasta siempre Palomo, pero mirá que nos vamos a volver a ver...No pronto, pero nos vamos a volver a ver...

No hay comentarios:

Publicar un comentario