jueves, 22 de mayo de 2014

HABIA UNA VEZ UN FUELLE DE PANTALONES CORTOS


Por Mariano Del Mazo

Hay datos que el destino se encarga, retrospectivamente, de subrayar. Resignada a que jamás sería farmacéutico, Felisa le compró el primer bandoneón a su hijo Aníbal Carmelo Troilo "a un ruso de la calle Córdoba". Costaba 120 pesos y acordó un pago mensual de diez cuotas de 12. Aníbal tenía 11 años, se había encandilado con unos bandoneonistas que tocaban durante los picnics que organizaba la sociedad La Fanfarria en los terrenos del antiguo Hipódromo Nacional, gastaba horas simulando tocar el fueye con un almohadón de pluma y se había comprometido a pagar él mismo, con changas, cada una de las cuotas. El cobrador pasó dos meses y nunca más se supo nada de él ni del "ruso". Troilo comenzaba su historia con el tango con una deuda impaga.

Lo que ocurrió a partir de ese momento tuvo un vértigo meteórico. El chico se hizo un hueco entre la escuela y el fútbol (alternaba como centrohalf y centrofoward en los clubes Regional Palermo y San Salvador) y se contactó con Goyo, un muchacho que tocaba el bandoneón en cafés del Centro. Aníbal quería aprender pero Goyo era, apenas, orejero. Le dijo que probara con un maestro que él conocía, Juan Amendolaro. A él recurrió Troilo. Después de seis meses febriles, Amendolaro tiró la toalla. "Ya está, pibe. No tenés nada que aprender".
Debutó de rigurosos cortos y con gesto de gorrión mojado en el cine Petit Colón de Córdoba y Laprida, a algunas cuadras de su casa de Cabrera 3457, donde nació el 11 de julio de 1914. Nadie entendía bien de dónde venía el talento musical. Su padre, carnicero, apenas rasgaba la guitarra; su madre, ni eso. "Yo no soy músico —diría muchos años después—; yo soy tanguero. ¿Me imaginás a mí tocando la flauta?"

Lo concreto es que en aquellos años, y antes de formar su propia orquesta en 1937, Aníbal Troilo realizó un veloz aprendizaje tocando en distintas formaciones bajo la dirección de Juan Maglio "Pacho", Elvino Vardaro, Osvaldo Pugliese, Alfredo Gobbi, Lucio Demare. Secreta o inconscientemente estaba definiendo su estilo. En algunos años haría crujir las estructuras del tango. Se convertiría en un símbolo de Buenos Aires y en una síntesis perfecta del buen tango popular; su hinchada sería heterogénea, equidistante del pulso anfetamínico y masivo de Juan D'Arienzo y de la elegancia de salón de un Osvaldo Fresedo, por citar dos extremos.
Además del puntapié inicial como director, 1937 también significó el comienzo de su relación con Zita. Fue una relación tormentosa, que se volvió todo ternura en el final. Zita solía contar que su marido bajaba con la bolsa de los mandados a comprar soda y volvía a los tres días... "¡y sin la soda!". La bohemia de Troilo estaba hecha de noches eternas.
Cuando la década de oro del tango se extinguió junto con los carnavales y Aníbal Troilo ya había convertido a un puñado de buenos cantores en los mejores del género y no estaba más el rasgo saliente de Orlando Goñi al piano ni José Basso, Pichuco se fue replegando hacia formatos más pequeños. Su sociedad con Roberto Grela pulió de un modo insuperable la tradición criolla de fueye y guitarra. Y su cuarteto con Osvaldo Berlingieri (luego reemplazado por José Colángelo), Ubaldo De Lio y Rafael del Bagno atravesó como una ráfaga de luz las madrugadas de boliches como Caño 14 que resistían como podían los embates del rock and roll, el boogie italiano y El Club del Clan.

Nutrido en las filas de su orquesta, Astor Piazzolla se había lanzado a inventar otra historia y a profundizar, también, su tensa y ambigua relación con el tango tradicional, Troilo incluido.

El famoso poema Nocturno de mi barrio ("dicen que me fui de mi barrio, pero ¿cuándo? / Si siempre estoy llegando...") colaboró a fortalecer el mito. Ya era el Troilo crepuscular. Cuarenta años de nocturnidad habían hecho mella, y además atacaba la artrosis. "La peor enfermedad para un bandoneonista", decía Zita.

El 17 de mayo de 1975, un día antes de su muerte, en el teatro Odeón, fue su última actuación. El espectáculo se titulaba Simplemente Pichuco y se escucharon Danzarín, A mis viejos, La última curda, Pa'que bailen los muchachos, Sur.

Quedaron 64 composiciones entre tangos, valses y milongas. Y también un imaginario de actos nobles y buenos, de amistades blindadas, de sobremesas y correrías. Una idea vaga de que Aníbal Carmelo Troilo hacía feliz a la gente. Quizá sea verdad.

La vieja deuda del bandoneón —las diez cuotas impagas— puede considerarse saldada.

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