lunes, 28 de julio de 2014

EL DUEÑO DE LA PELOTA 

Por Román Iucht 
Capítulo 1 del libro “La Vida por el Fútbol: Marcelo Bielsa, el último romántico”



Para el chico era un córner decisivo. 

Acomodó el balón sobre ese empedrado abrasador que recordaba la altísima temperatura de la tarde de verano. 

Los gritos pidiendo la pelota en el lugar preciso de los que atacaban se fundían con los sonidos del arquero reclamando concentración en la marca. 

No parecía un partido de niños. 

Se jugaba con pasión y orgullo. 

Los transeúntes no alcanzaban a alterar el ritmo de esas inolvidables contiendas; en todo caso, se transformaban en observadores de lujo de aquellos grandes encuentros. 

La quietud de la tarde, con su siesta, sólo se veía vulnerada por el fútbol. 

Rosario siempre fue una ciudad importante, pero jamás logró abandonar algunas costumbres de pueblo. 

Cada tanto pasaba algún auto que se ganaba el odio de los jugadores, pero en el fondo era la excusa ideal para mojarse la cabeza y seguir. 

El ejecutante puso la pelota gastada justo sobre un adoquín elegido con precisión, para darle todavía más altura al envío. 



En la esquina de Mitre y Viamonte estaban depositadas las esperanzas de triunfo. 

Tomó carrera y en el camino analizó si mandar un tiro al montón o ubicar la pelota para el anticipo en el primer palo. 

La referencia de la lata que hacía las veces de poste lo ayudaba en el cálculo. 

No había tiempo. 

Todos esperaban ansiosos. 

De repente y como si un pasadizo secreto se hubiese abierto desde debajo de la tierra, el móvil del Comando Radioeléctrico apareció por la esquina sin ser invitado a la fiesta. 


La señal fue automática y la reacción, inmediata. 

Ninguna vecina quisquillosa generaba semejante estampida: con ellas siempre se podía negociar cuando la pelota se iba a un patio ajeno. 

Y si de última algún vidrio era víctima de un pelotazo, el carnicero Chanín, de la esquina de Mitre y La Paz, se hacía cargo de los reclamos y transformaba el mostrador en un improvisado libro de quejas. 

La reacción del pibe frente al patrullero fue insólita. 

Nadie lo podía creer. 

—¡Córrase que tengo que patear el córner! 
—¡Qué córrase ni qué córner! ¡Vamos! 
—¿Adónde vamos? 
—¡A la comisaría! 

Los muchachos del «cuartito azul» (Rosario dixit) lo subieron al celular y lo llevaron a la comisaría. 



Él estaba convencido de que sólo se trataría de un trámite, agarró la pelota y cumplió con el pedido. 

Asomó la cabeza por la ventanilla y con su flequillo morocho al viento anunció con firmeza a la barra: 

—Tranquilos, espérenme que enseguida vuelvo. 

Cuando la patrulla recortó su figura en la distancia, varios de los muchachos apuraron el paso para avisar de la mala nueva. 

El gordo José Falabella tomó coraje y tocó el timbre de la casa de Mitre 2320. 

Era la hora de la siesta, pero la urgencia obligaba al sacrilegio. 

«Don Bielsa, estábamos jugando el picado y cayó la patrulla… ¡Se lo llevaron a Marcelo!», dijo el gordo con voz de susto. 

El padre, protestando, puso rumbo a la seccional. 

Allí se encontró con un chico tranquilo, convencido de que la situación se resolvería en instantes. 

—Bueno Marcelo, listo, vamos para casa. 
—¿Y la pelota? 
—¿Qué pelota, hijo? 
—¡La pelota papá, la pelota con la que estábamos jugando! 
—¡No, no, el comisario dijo que basta, que se terminó la pelota! 
—¿Cómo que se terminó? Andá a decirle que te devuelva la pelota… 
—No, Marcelo. 
—Si no te devuelve la pelota yo no me voy de acá. 



Rafael sabía que si no accedía al pedido podían llegar a quedarse ahí eternamente. 

Acudió a la oficina del comisario y cumplió con el mandato de su hijo. 

Al minuto estaban atravesando la puerta del lugar y volviendo a casa. 

Los muchachos de la barra lo estaban esperando, y al verlo llegar con el balón, como quién carga con un bebé en custodia, supieron que estaba garantizada la continuidad del partido. 

El chiquilín de no más de doce años había cumplido su promesa. 

Ambos estaban de vuelta. 

Él y la «Pulpo» naranja y amarilla. 



Marcelo Bielsa ya mostraba su esencia: convicciones firmes, sentido de la justicia, alta personalidad… 

Y por sobre todas las cosas, un desvelo: que sus equipos tuvieran la pelota.



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